/ sábado 9 de mayo de 2020

El calvario de Marisol vivir la pandemia sobre una ambulancia

Durante la pandemia cada servicio puede ser el último, cada error cuenta y toda la precaución es poca

Culiacán, Sin.- Marisol es una paramédico joven con poca pero valiosa experiencia en ambulancia. Con ese ímpetu que contagia y voluntad tan necesaria en esa profesión, Marisol está viviendo la pandemia del Covid-19 sobre una ambulancia.

Con 6 traslados covid hasta el día de hoy, es una de las socorristas encargadas de esta difícil labor ahora que las guardias redujeron sus filas. Y desde el primero hasta el último de los servicios, la incertidumbre de un contagio está presente.

El protocolo es estricto: mascarilla N95, goggles herméticos, careta protectora, traje Tyvek, guantes, etc. Una serie de artículos de protección tan necesarios como delicados. Un error al colocarlos y puede costar el contagio del socorrista y sus compañeros.

El llamado que Marisol tiene presente cada vez que la chicharra suena fue su cuarto traslado Covid-19. Un hombre quintuagenario con síntomas evidentes del virus.

Desde el principio, todo mal. Un traje tyvek que no era de su talla la hizo perder valioso tiempo, después cuando consiguió otro, fallas y defectos la retrasaron aún más. Al final salió junto a su compañero con un mal presentimiento y la sensación de que no iba ser un servicio corto.

Uno pensaría que las madrugadas son frías, tranquilas. Esa hora en donde en la calle se confunde a quien madruga o aún no ha dormido. Pero en Culiacán las madrugadas son de más de 30 grados centígrados, y la vida es tan activa como el medio día.

Foto: Jesús Verdugo │El Sol de Sinaloa

UN SERVICIO PELIGROSO

Embutida en el traje hermético, Marisol empezó a sudar más de lo normal. El camino se alarga más de lo necesario y al llegar ven un hombre combativo y reacio a ir con aquellas ánimas de blanco que lo querían meter en una bolsa.

Unos minutos de charla y ya van al hospital. El hombre comienza a retorcerse dentro de la capsula de bioseguridad y se debate entre fiebre, arcadas por la falta de aire y un apabullante calor que convertía la ambulancia en un sauna viral.

Marisol comenzó a sentir los estragos de la poca saturación de oxígeno que deja la mascarilla N95. Junto a la tensión provocada por lo apretado de los goggles y la careta, su cabeza parecía que iba a estallar. Siguió tranquilizando al paciente y haciendo lo más que podía para que siguiera respirando.

El hospital se veía más lejos cada vez, el hombre estaba a punto de salir de la capsula por sus espasmos y eso representaba un escenario para el que habían entrenado pero nunca habían vivido. Mientras tanto Marisol comenzó a marearse.

Esa sensación de que tus pulmones no alcanzan a llenarse, sufro frío cayendo por tu espalda hasta tus tobillos. Lengua adormecida, manos temblorosas y el sabor a hierro de tu saliva. Enferma de miedo y desespero iba la paramédico que estaba experimentando una de las situaciones más duras de su vida.

LA LLEGADA

Llegaron al hospital e increíblemente Marisol seguía en pie. Bajaron al paciente y esperaron su recepción por casi una hora. Marisol parada junto a la camilla estaba a punto de desvanecerse.

Su compañero la auxilió y sentada comenzó a hacer ejercicios de respiración; inútiles, estaba cerca de una crisis. El paciente fue llevado dentro del hospital y rápidamente salieron de ahí.

La paramédico cuenta con terror que por su mente pasó arrancarse en traje, la mascarilla y exponerse a un inminente contagio. Las ganas de vomitar, el mareo y dolor intenso de cabeza eran entonces su menor preocupación si decidía quitarse la protección.

En unos minutos que duraron horas llegaron a la estación de sanitización y sentada, a punto del desmayo logró retirarse la protección bajo el protocolo de seguridad. Palida, con el pulso bajo y sin fuerza. Eran casi las 08:00 de la mañana y su guardia había terminado.

Te puede interesar: Covid-19: la lucha invisible de Paramédicos

Marisol vivió su mayor miedo, el del desvanecimiento en servicio Covid-19. Su voluntad pudo más esta vez. Pero a ese infierno tiene que bajar todos los días por la vocación que lleva dentro, porque no hay espacio para el miedo en el corazón de esa paramédico.

VOCACIÓN

A pesar de los riesgos que corren todos los paramédicos durante la pandemia, la vocación de servir es mayor.

HISTORIAS

Los testimonios de los servicios de Cruz Roja se están sumando cada día, son un saldo a favor de los socorristas que no han sido contagiados






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Culiacán, Sin.- Marisol es una paramédico joven con poca pero valiosa experiencia en ambulancia. Con ese ímpetu que contagia y voluntad tan necesaria en esa profesión, Marisol está viviendo la pandemia del Covid-19 sobre una ambulancia.

Con 6 traslados covid hasta el día de hoy, es una de las socorristas encargadas de esta difícil labor ahora que las guardias redujeron sus filas. Y desde el primero hasta el último de los servicios, la incertidumbre de un contagio está presente.

El protocolo es estricto: mascarilla N95, goggles herméticos, careta protectora, traje Tyvek, guantes, etc. Una serie de artículos de protección tan necesarios como delicados. Un error al colocarlos y puede costar el contagio del socorrista y sus compañeros.

El llamado que Marisol tiene presente cada vez que la chicharra suena fue su cuarto traslado Covid-19. Un hombre quintuagenario con síntomas evidentes del virus.

Desde el principio, todo mal. Un traje tyvek que no era de su talla la hizo perder valioso tiempo, después cuando consiguió otro, fallas y defectos la retrasaron aún más. Al final salió junto a su compañero con un mal presentimiento y la sensación de que no iba ser un servicio corto.

Uno pensaría que las madrugadas son frías, tranquilas. Esa hora en donde en la calle se confunde a quien madruga o aún no ha dormido. Pero en Culiacán las madrugadas son de más de 30 grados centígrados, y la vida es tan activa como el medio día.

Foto: Jesús Verdugo │El Sol de Sinaloa

UN SERVICIO PELIGROSO

Embutida en el traje hermético, Marisol empezó a sudar más de lo normal. El camino se alarga más de lo necesario y al llegar ven un hombre combativo y reacio a ir con aquellas ánimas de blanco que lo querían meter en una bolsa.

Unos minutos de charla y ya van al hospital. El hombre comienza a retorcerse dentro de la capsula de bioseguridad y se debate entre fiebre, arcadas por la falta de aire y un apabullante calor que convertía la ambulancia en un sauna viral.

Marisol comenzó a sentir los estragos de la poca saturación de oxígeno que deja la mascarilla N95. Junto a la tensión provocada por lo apretado de los goggles y la careta, su cabeza parecía que iba a estallar. Siguió tranquilizando al paciente y haciendo lo más que podía para que siguiera respirando.

El hospital se veía más lejos cada vez, el hombre estaba a punto de salir de la capsula por sus espasmos y eso representaba un escenario para el que habían entrenado pero nunca habían vivido. Mientras tanto Marisol comenzó a marearse.

Esa sensación de que tus pulmones no alcanzan a llenarse, sufro frío cayendo por tu espalda hasta tus tobillos. Lengua adormecida, manos temblorosas y el sabor a hierro de tu saliva. Enferma de miedo y desespero iba la paramédico que estaba experimentando una de las situaciones más duras de su vida.

LA LLEGADA

Llegaron al hospital e increíblemente Marisol seguía en pie. Bajaron al paciente y esperaron su recepción por casi una hora. Marisol parada junto a la camilla estaba a punto de desvanecerse.

Su compañero la auxilió y sentada comenzó a hacer ejercicios de respiración; inútiles, estaba cerca de una crisis. El paciente fue llevado dentro del hospital y rápidamente salieron de ahí.

La paramédico cuenta con terror que por su mente pasó arrancarse en traje, la mascarilla y exponerse a un inminente contagio. Las ganas de vomitar, el mareo y dolor intenso de cabeza eran entonces su menor preocupación si decidía quitarse la protección.

En unos minutos que duraron horas llegaron a la estación de sanitización y sentada, a punto del desmayo logró retirarse la protección bajo el protocolo de seguridad. Palida, con el pulso bajo y sin fuerza. Eran casi las 08:00 de la mañana y su guardia había terminado.

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Marisol vivió su mayor miedo, el del desvanecimiento en servicio Covid-19. Su voluntad pudo más esta vez. Pero a ese infierno tiene que bajar todos los días por la vocación que lleva dentro, porque no hay espacio para el miedo en el corazón de esa paramédico.

VOCACIÓN

A pesar de los riesgos que corren todos los paramédicos durante la pandemia, la vocación de servir es mayor.

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