/ sábado 15 de febrero de 2020

Un amor de otros tiempos entre Yolanda y Tomás

Por Cruz Roja pasan personas excelentes y personajes míticos, pero una historia como la de Tomás y Yolanda solo hay una

Culiacán, Sin. - En el año 1976 el mundo corría con vientos de cambio, Fidel ascendía a la presidencia en Cuba, el avión supersónico Concord hacía su primer vuelo y en California un joven desaliñado y sucio fundaba Apple Computer... Ese en México se permitieron por primera vez a mujeres socorristas en Cruz Roja.

La primera generación de mujeres llega al salón de clases, cuatro jovencitas de mejillas rosadas y cabello castaño entran tímidas al aula. El instructor de esa clase es Tomás Rosas, hombre de treinta y tres años con vasta experiencia y una pulcritud de ropas y ademanes que hacían sentir la disciplina en el aire.

Una mirada rápida a las alumnas y comenzó pidiéndoles que se presentaran, una a una dijo su nombre y al llegar a la menor de todas; muchacha de tez pálida y gestos suaves. "Yolanda", susurró, casi inaudible.

Tomás se dio cuenta de que aquella muchacha se ruborizó, pero como gran caballero lo omitió y continuó con las actividades. Las miradas se cruzaban entre ese hombre fornido y piel cobriza, y aquella jovencita de ojos esquivos y sonrisa apenada.

Pasaron los días y los susurros del grupito de cuatro mujeres comenzaron a poner nervioso a Tomás; algo estaba pasando, pues. Esa muchacha le llamaba la atención y tenía que hacer algo al respecto.

Yolanda vio en Tomás un hombre guapo, formal, de movimientos precisos y excelencia. Sus 18 años le daban corta o nula experiencia en cuestiones de amor, pero el miedo ya no le alcanzaba para detenerse.

Fotos: Jesús Verdugo │ El Sol De Sinaloa

Surge el amor

La primera cita llegó y Tomás lo tenía todo listo; cine Reforma y lo que se de... cuarenta y cuatro años después, mientras hacen memoria juntos sueltan la carcajada, se miran a los ojos y el brillo encandila, bromean y Yolanda se ríe con malicia infantil.

¿Te acuerdas? Le dijo a Tomás. Él la esperó en las paraguas del parque Revolución y al verla llegar con un vestido de cuerpo completo, manos y cuello salían nada más. Se veía muy guapa, dijo entre risas, pero yo pensé: ¿y esta monja?

El cine no pareció buena opción para Yolanda, horas de indecisión hizo que Tomás la acompañara a la iglesia del Carmen a subir unos peldaños de rodillas; la lucha sería grande por esa mujer, pensó, Tomás.

Entre labor de convencimiento y ese juego divertido del amor inocente pasaron los meses, tímidas salidas por un helado o la plazuela Obregón que terminaban antes de que el cielo se pusiera rojizo.

Él se quemaba de amor pero los estrictos principios de Yolanda no lo dejaban ir más allá. El tiburón de Tomás cedía, por amor o por paciencia que al final es lo mismo. Besos lentos y manos sudadas llenaban ese alboroto interno que los consumía.

Para contar más de cuarenta años de amor no alcanzarían las hojas del diario, menos para describir las miradas cruzadas de dos enamorados que se morían de ganas de vivir y que los recuerdos le sacan lágrimas, risas y pellizcos de imprudencia.

Tomás intentó fugarse con Yolanda, primer aviso, pensó. Una invitación a cenar después de Cruz Roja, nada más. La llevo a su coche; un Datsun que si caminaba pero ya tenía huellas del tiempo. Y muerto de nervios el silencio lo carcomía. ¿Prendo el radio? Le preguntó. ¿Sirve? Dijo, Yolanda. Buen golpe.

Te vas a ir conmigo Yolanda...

La salida a cenar se convirtió en una fuga y mientras la muchacha se deshacía en indecisión llegaron casi a El Salado. Caras chuecas, boca torcida y pujidos inconformes terminaron con un contundente: ¡No! Yolanda quiso regresar y Tomás como todo un caballero la regresó a su casa, sana pero con hambre.

La segunda fue la vencida. Yolanda tuvo problemas en casa a causa de esa relación y se fuera a vivir con su amiga más cercana. El padre y sus ocho hermanos la buscaban a ella y a Tomás, él que no sabía nada.

Cinco días sin saber de ella y al fin dio con esa casa. Visitas exprés y besos robados bajo el estrés de lo fortuito. Él le decía que se fueran lejos, ella le decía que no salía de ahí si no era de blanco.

Una tarde el diablo se puso de su lado y en una visita de aquellas rápidas me avisaron que el papá de Yolanda venía a buscarla. Los dos se miraron y supieron que era el momento; corrieron al Datsun polvoso de Tomás, salieron a prisa dejando una estela de polvo y libertad.

El camino los llevó a Mazatlán donde por cinco días consumaron ese amor que ya casi dolía de verlo. Volvieron a Culiacán y ya no se volvieron a separar; comenzaron desde cero con ropas y vidas nuevas. Con la bendición casi obligada de sus padres vivieron en plena libertad y cinco años después nació el primer hijo.

Te puede interesar: Sangre y gritos amenizan el macabro escenario de Filiberto

De regreso a la actualidad los dos enamorados sonríen y se les nota que los recuerdos se surcan la piel y la memoria. Tomás con arrugas y más sonriente que nunca toma la mano de una Yolanda igual de blanca y coqueta, detienen el tiempo a su antojo con ese amor sacado de un México que ya no existe.

44 Son los años que llevan juntos Tomás y Yolanda, una relación forjada en los servicios de Cruz Roja… toda una vida.

Memorias; Contra todo pronóstico la pareja de ambulancias han logrado sostenerse tanto fuera como dentro de la benemérita institución.

Fotos: Jesús Verdugo │ El Sol De Sinaloa



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Culiacán, Sin. - En el año 1976 el mundo corría con vientos de cambio, Fidel ascendía a la presidencia en Cuba, el avión supersónico Concord hacía su primer vuelo y en California un joven desaliñado y sucio fundaba Apple Computer... Ese en México se permitieron por primera vez a mujeres socorristas en Cruz Roja.

La primera generación de mujeres llega al salón de clases, cuatro jovencitas de mejillas rosadas y cabello castaño entran tímidas al aula. El instructor de esa clase es Tomás Rosas, hombre de treinta y tres años con vasta experiencia y una pulcritud de ropas y ademanes que hacían sentir la disciplina en el aire.

Una mirada rápida a las alumnas y comenzó pidiéndoles que se presentaran, una a una dijo su nombre y al llegar a la menor de todas; muchacha de tez pálida y gestos suaves. "Yolanda", susurró, casi inaudible.

Tomás se dio cuenta de que aquella muchacha se ruborizó, pero como gran caballero lo omitió y continuó con las actividades. Las miradas se cruzaban entre ese hombre fornido y piel cobriza, y aquella jovencita de ojos esquivos y sonrisa apenada.

Pasaron los días y los susurros del grupito de cuatro mujeres comenzaron a poner nervioso a Tomás; algo estaba pasando, pues. Esa muchacha le llamaba la atención y tenía que hacer algo al respecto.

Yolanda vio en Tomás un hombre guapo, formal, de movimientos precisos y excelencia. Sus 18 años le daban corta o nula experiencia en cuestiones de amor, pero el miedo ya no le alcanzaba para detenerse.

Fotos: Jesús Verdugo │ El Sol De Sinaloa

Surge el amor

La primera cita llegó y Tomás lo tenía todo listo; cine Reforma y lo que se de... cuarenta y cuatro años después, mientras hacen memoria juntos sueltan la carcajada, se miran a los ojos y el brillo encandila, bromean y Yolanda se ríe con malicia infantil.

¿Te acuerdas? Le dijo a Tomás. Él la esperó en las paraguas del parque Revolución y al verla llegar con un vestido de cuerpo completo, manos y cuello salían nada más. Se veía muy guapa, dijo entre risas, pero yo pensé: ¿y esta monja?

El cine no pareció buena opción para Yolanda, horas de indecisión hizo que Tomás la acompañara a la iglesia del Carmen a subir unos peldaños de rodillas; la lucha sería grande por esa mujer, pensó, Tomás.

Entre labor de convencimiento y ese juego divertido del amor inocente pasaron los meses, tímidas salidas por un helado o la plazuela Obregón que terminaban antes de que el cielo se pusiera rojizo.

Él se quemaba de amor pero los estrictos principios de Yolanda no lo dejaban ir más allá. El tiburón de Tomás cedía, por amor o por paciencia que al final es lo mismo. Besos lentos y manos sudadas llenaban ese alboroto interno que los consumía.

Para contar más de cuarenta años de amor no alcanzarían las hojas del diario, menos para describir las miradas cruzadas de dos enamorados que se morían de ganas de vivir y que los recuerdos le sacan lágrimas, risas y pellizcos de imprudencia.

Tomás intentó fugarse con Yolanda, primer aviso, pensó. Una invitación a cenar después de Cruz Roja, nada más. La llevo a su coche; un Datsun que si caminaba pero ya tenía huellas del tiempo. Y muerto de nervios el silencio lo carcomía. ¿Prendo el radio? Le preguntó. ¿Sirve? Dijo, Yolanda. Buen golpe.

Te vas a ir conmigo Yolanda...

La salida a cenar se convirtió en una fuga y mientras la muchacha se deshacía en indecisión llegaron casi a El Salado. Caras chuecas, boca torcida y pujidos inconformes terminaron con un contundente: ¡No! Yolanda quiso regresar y Tomás como todo un caballero la regresó a su casa, sana pero con hambre.

La segunda fue la vencida. Yolanda tuvo problemas en casa a causa de esa relación y se fuera a vivir con su amiga más cercana. El padre y sus ocho hermanos la buscaban a ella y a Tomás, él que no sabía nada.

Cinco días sin saber de ella y al fin dio con esa casa. Visitas exprés y besos robados bajo el estrés de lo fortuito. Él le decía que se fueran lejos, ella le decía que no salía de ahí si no era de blanco.

Una tarde el diablo se puso de su lado y en una visita de aquellas rápidas me avisaron que el papá de Yolanda venía a buscarla. Los dos se miraron y supieron que era el momento; corrieron al Datsun polvoso de Tomás, salieron a prisa dejando una estela de polvo y libertad.

El camino los llevó a Mazatlán donde por cinco días consumaron ese amor que ya casi dolía de verlo. Volvieron a Culiacán y ya no se volvieron a separar; comenzaron desde cero con ropas y vidas nuevas. Con la bendición casi obligada de sus padres vivieron en plena libertad y cinco años después nació el primer hijo.

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