/ sábado 5 de marzo de 2022

El profe Cruz no tiene quien le escriba

Este docente forjó un vínculo con el escritor Gabriel García Márquez que echó raíces en Recoveco donde se celebra  su obra, su vida; este domingo cumpliría 95 años

Culiacán, Sin.- Gabriel García Márquez tenía un amigo entrañable en Recoveco, Mocorito, que cada año, y a pesar de su muerte, le sigue festejando su cumpleaños el 6 de marzo.

Este domingo, el Nobel colombiano cumple 95 años (1927), casi la edad de aquella novela que lo hizo famoso. Por eso festejan la vida del autor de “Cien Años de Soledad”, una obra que insufla vitalidad a este pueblo polvoriento y llena la desaforada imaginación del profe Cruz Hernández Fermín, que a golpe de esfuerzo construye su Macondo personal.

Foto: Cortesía | Cruz Hernández Fermín

“Todavía nos duele su partida, pero el maestro Gabo está más vivo que nunca y cada vez lo compruebo más cuando veo la felicidad en este festival en su honor, para celebrar su obra”, suelta el profe Cruz.

La historia de la amistad forjada entre García Márquez y este maestro del Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario 133 (CBTA), ubicado a la entrada del pueblo, parece salida de uno de los cuentos del maestro de Aracataca.

Cuando tenía 12 años, cuenta Cruz, un profesor de la secundaria le presentó al Gabo con “El Coronel no tiene quien le escriba”, y desde entonces quedó atrapado por el magnetismo de su narrativa.

“Es que el coronel era como mi abuelo, además como el maestro Gabo, yo también crecí en un pueblo perdido de la huasteca veracruzada, Tempoal, me crié con ellos, y cuando comencé a leer cómo describía a aquellos pueblos colombianos, me identifiqué mucho”, relata Hernández Fermín, quien ahora tiene 57 años y se ha retirado de la docencia, pero no ha dejado de ser maestro.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

EL CLUB LA HOJARASCA

Enamorado de aquellas lecturas maravillosas, en las aulas del CBTA 133 el profe Cruz contagiaba a sus alumnos de aquella intensa fiebre del insomnio; en las pausas de las clases de agricultura sustentable, solía aparecer el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento o Mauricio Babilonia con su cerco de mariposas amarillas.

Les contaba cómo era aquella vaina de que Remedios, la Bella, la hermosa esquiva de los Buendía, se elevaba por los aires con las sábanas limpias de Fernanda del Carpio y cómo la muerte de un patriarca hacía llover minúsculas flores amarillas sobre Macondo.

Les hablaba de los amores castigados de Florentino Ariza con Fermina Daza en “El amor en los tiempos del cólera” y cómo un viejo coronel esperaba cada viernes una carta que nunca llegaba.

Un día, de tanto hablar del Gabo, Cruz les propuso a sus alumnos hacer una tertulia literaria, recordando que al maestro le gustaban las tertulias donde podían “propinarse la madre.”

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

Les dije bueno vamos haciendo una tertulia dedicada al maestro para hablar de sus obras.El profe

Y así, como un sueño despierto, surgió El Club La Hojarasca, y a principios de marzo de 2002, hicieron el primer festival dedicado al escritor colombiano, tomando como fecha culminante el día 6, cumpleaños del Gabo

“Nos quedó tan de maravilla el festival que pensé, sería bueno que el maestro supiera que los alumnos le hicieron un homenaje, donde se leyó de manera maratónica Cien Años de Soledad”, dice.

Y fue así como Cruz buscó hacerle llegar imágenes del evento a su casa de Ciudad de México. Quince, veinte fotos, algunos libros firmados por “sus sobrinos de Recoveco”, y listo.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

EL MÁGICO ENCUENTRO

Alguien de la revisa Proceso le consiguió el número de la casa de San Ángel, en Ciudad de México, convertida ahora en museo.

Le contestó Mónica Alonso, asistente del Gabo, y una especie de cómplice en la amistad entre el escritor y el profe.

“Sí, sí, el maestro le encantó todo lo que hicieron, claro que vio las fotos”, dice que el profe que comentó. A vuelta de correo, García Márquez envió paqueticos de libros por correo ordinario con destino al plantel de Recoveco.

“Fue algo hermoso recibir los paqueticos del maestro, venían envueltos en papel amarillo, el color favorito de él”, cuenta Cruz.

Así comenzó todo. En 2006, durante la Feria Internacional del Libro (FIL) en Guadalajara, Cruz acudió para tratar se ver al hijo de Aracataca, pero no lo logró, su “timidez congénita” se lo impidió, pero no dejó de telefonearle a Mónica para contarle que no lo vio.

Un año después, en 2007, fue cuando ocurrió el escándalo inaudito. Como los chicos del pueblo, alumnos de Cruz, hablaban siempre del Gabo, que el Gabo esto y el Gabo lo otro, que tenga esta vaina para que aprenda, los pobladores no hallaron una mejor forma de festejar el aniversario 60 de Recoveco que leer de corrido y sin interrupciones, la obra cumbre del escritor: “Cien Años de Soledad.”

Esa primera vez, recuerda Cruz, cronometraron poco más de 19 horas.

Luego, en la FIL de ese año, el Gabo y su esposa Mercedes Barcha invitaron a Cruz y su familia a una cena en el Hilton frente a la Expo Guadalajara. Aquella vez era un homenaje a Álvaro Mutis, porque García Márquez ya no quería más homenajes.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

“Fuimos mi esposa, mi hija Mercedes, mi hijo Rodrigo, un amigo de Tamaulipas y yo, el maestro nos acompañó por dos horas y le conté del Club de La Hojarasca; a él siempre como que le hacía gracia que en un pueblito perdido hiciéramos todo eso por su obra y por él”, dice.

Todavía su hija conserva el libro firmado por el Gabo con la dedicatoria: “De su tío postizo”.

¿QUÉ ES LA COSA?

El profe Cruz es un maniático de las fechas. Llegó a Recoveco un 5 de febrero de 1985, hace ya 37 años. Por eso recuerda que el 9 de enero de 2007, meses antes de conocer en persona al Gabo, le entró una llamada al celular de “cacahuatito” y escuchó aquella voz de acento caribe:

“¿Qué es la cosa?”.

Y ahí empezó la etapa más intensa de aquella insólita amistad. El profe volvió a ver a García Márquez en el 2008 y habitualmente hablaba a su casa de San Ángel, la última morada del autor de “El otoño del Patriarca”.

Primero, cada 3 de marzo telefoneaba a Mónica para felicitarla por su cumpleaños, en medio del tráfago de cada festival. Luego el día 6, era la hora de saludar al maestro.

En uno de esos días de fiesta, Cruz y varias decenas de locos, emprendieron la lectura maratónica de Cien Años en el Archivo Histórico de Sinaloa, en Culiacán. Comenzaron el 5 y concluyeron a las 4 de la madrugada del 6.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

“Llegué a Recoveco muy agotado y me dormí, pero a eso de las 2 y media de la tarde, cuando pensaba en algún personaje de la novela, me sonó el celular y escuché aquella frase: cómo va la cosa”, recuerda.

“Con la novedad, maestro, que hoy a las 4 de la madrugada con tantos minutos terminamos de leer su novela Cien Años de Soledad. Fueron 18 horas. Si esto no es un récord mundial, al menos sí es un record en Sinaloa”, le dijo y García Márquez se carcajeo con aquel acento caribeño.

LA PARTIDA DEL GABO

El maestro murió un jueves santo como uno de sus personajes, Úrsula Iguarán (de “Cien Años…”). Se despidió el 17 de abril de 2014, recuerda el profe.

Dos años atrás, el 12 de septiembre del 2012, a las 12 del mediodía, Cruz Hernández se paraba frente a la casona de ladrillos sin zarpear de la calle De La Loma en San Ángel.

El Gabo siempre le decía, y se lo refrendaba Mónica y hasta Mercedes, que cuando se fuera a Cuidad de México, se pasara a visitarlos. Por eso inventó el pretexto de ir a un congreso en Morelos para luego marchar a la casa.

Dice que tomó el metro de la línea verde y bajó en Viveros. Ahí pidió un taxi y le pidió que lo llevaran a la dirección calle De La Loma 19, colonia San Ángel Inn.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

“¿Va visitar al maestro Gabo?”, dice Cruz que le preguntó el taxista. Se quedó asombrado y se sintió atrapado en un cuento de García Márquez.

En la casa de los García Barcha ya lo esperaban. Lo recibió Mónica y lo hizo pasar al estudio del maestro, ahí conoció la sala donde García Márquez hacía su rigurosa siesta de los martes y el cuadro tan paseado del pintor cartagenero Álvaro Obregón.

Estuvieron un par de horas charlando. La plática del maestro era sobre su biblioteca, su estudio, el cuento del trashumante cuadro de Obregón, las historias de sus abuelos, doña Tranquilina Iguarán y don Nicolás Márquez.

Eso sí, nunca le preguntó de qué trataba la obra en curso.

“No, no, no, nunca le preguntaría eso al maestro, era demasiado supersticioso”, dice.

Después de este último encuentro personal, el profe Cruz se despidió dejándole saludos de sus sobrinos de Recoveco.

“Yo me fui a las 2:30 de la tarde de su casa, seguramente más tarde hizo su famosa siesta de los martes”, dice entre risas.

Para entonces, la salud del Gabo iba a menos y sus apariciones públicas fueron escasas. Dos años después, Cruz recibió una noticia fatal que ya esperaba de tiempo atrás: “Oye, Cruz, que murió el Gabo”, le telefoneó un amigo de Los Mochis.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

Era cierto. Los noticieros del mundo confirmaban la infausta noticia. Se le amargó el corazón, pero sabía que el desenlace llegaría.

Pero la historia no termina ahí. Cruz continuó cultivando aquel intercambio de llamadas y mensajes con Mónica Alonso y con Mercedes, pero ella también partió en agosto de 2020. Como en aquel cuento, en agosto se vieron.

Estoy seguro que en los caminos de la muerte el maestro y Mercedes ya se encontraron, sólo espero que la haya reconocido, afirma.

Cruz

Todavía en el 2016 acompañó a doña Mercedes a Cartagena a ese último viaje que le encargó el Gabo a su esposa: depositar sus cenizas en el Claustro de la Merced de Cartagena de Indias.

Ahora, sin ellos, sus amigos, Cruz se afana en el proyecto de la construcción de su Macondo personal, una extensión de 80 hectáreas bien conservadas ubicadas en el kilómetro 50 de La Costera, en donde habitan en armonía las amapas, los mezquites y todo tipo de flora regional.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

Se ha gastado todos sus ahorros en este descomunal proyecto, concebido quizá con aquel delirio que persiguió a José Arcadio Buendía cuando arrastró a su familia a través de la jungla.

Dice que próximamente construirá con cemento y ladrillos un trenecito con una chimenea real y quién sabe cómo, pero consiguió los planos para edificar una réplica de la casa de los Márquez en Aracataca.

En la entrada de esta reserva protegida hay un letrero que mandó poner, antes de la peste el Covid-19: “Bienvenidos a Macondo. Dios existe”.





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Culiacán, Sin.- Gabriel García Márquez tenía un amigo entrañable en Recoveco, Mocorito, que cada año, y a pesar de su muerte, le sigue festejando su cumpleaños el 6 de marzo.

Este domingo, el Nobel colombiano cumple 95 años (1927), casi la edad de aquella novela que lo hizo famoso. Por eso festejan la vida del autor de “Cien Años de Soledad”, una obra que insufla vitalidad a este pueblo polvoriento y llena la desaforada imaginación del profe Cruz Hernández Fermín, que a golpe de esfuerzo construye su Macondo personal.

Foto: Cortesía | Cruz Hernández Fermín

“Todavía nos duele su partida, pero el maestro Gabo está más vivo que nunca y cada vez lo compruebo más cuando veo la felicidad en este festival en su honor, para celebrar su obra”, suelta el profe Cruz.

La historia de la amistad forjada entre García Márquez y este maestro del Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario 133 (CBTA), ubicado a la entrada del pueblo, parece salida de uno de los cuentos del maestro de Aracataca.

Cuando tenía 12 años, cuenta Cruz, un profesor de la secundaria le presentó al Gabo con “El Coronel no tiene quien le escriba”, y desde entonces quedó atrapado por el magnetismo de su narrativa.

“Es que el coronel era como mi abuelo, además como el maestro Gabo, yo también crecí en un pueblo perdido de la huasteca veracruzada, Tempoal, me crié con ellos, y cuando comencé a leer cómo describía a aquellos pueblos colombianos, me identifiqué mucho”, relata Hernández Fermín, quien ahora tiene 57 años y se ha retirado de la docencia, pero no ha dejado de ser maestro.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

EL CLUB LA HOJARASCA

Enamorado de aquellas lecturas maravillosas, en las aulas del CBTA 133 el profe Cruz contagiaba a sus alumnos de aquella intensa fiebre del insomnio; en las pausas de las clases de agricultura sustentable, solía aparecer el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento o Mauricio Babilonia con su cerco de mariposas amarillas.

Les contaba cómo era aquella vaina de que Remedios, la Bella, la hermosa esquiva de los Buendía, se elevaba por los aires con las sábanas limpias de Fernanda del Carpio y cómo la muerte de un patriarca hacía llover minúsculas flores amarillas sobre Macondo.

Les hablaba de los amores castigados de Florentino Ariza con Fermina Daza en “El amor en los tiempos del cólera” y cómo un viejo coronel esperaba cada viernes una carta que nunca llegaba.

Un día, de tanto hablar del Gabo, Cruz les propuso a sus alumnos hacer una tertulia literaria, recordando que al maestro le gustaban las tertulias donde podían “propinarse la madre.”

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

Les dije bueno vamos haciendo una tertulia dedicada al maestro para hablar de sus obras.El profe

Y así, como un sueño despierto, surgió El Club La Hojarasca, y a principios de marzo de 2002, hicieron el primer festival dedicado al escritor colombiano, tomando como fecha culminante el día 6, cumpleaños del Gabo

“Nos quedó tan de maravilla el festival que pensé, sería bueno que el maestro supiera que los alumnos le hicieron un homenaje, donde se leyó de manera maratónica Cien Años de Soledad”, dice.

Y fue así como Cruz buscó hacerle llegar imágenes del evento a su casa de Ciudad de México. Quince, veinte fotos, algunos libros firmados por “sus sobrinos de Recoveco”, y listo.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

EL MÁGICO ENCUENTRO

Alguien de la revisa Proceso le consiguió el número de la casa de San Ángel, en Ciudad de México, convertida ahora en museo.

Le contestó Mónica Alonso, asistente del Gabo, y una especie de cómplice en la amistad entre el escritor y el profe.

“Sí, sí, el maestro le encantó todo lo que hicieron, claro que vio las fotos”, dice que el profe que comentó. A vuelta de correo, García Márquez envió paqueticos de libros por correo ordinario con destino al plantel de Recoveco.

“Fue algo hermoso recibir los paqueticos del maestro, venían envueltos en papel amarillo, el color favorito de él”, cuenta Cruz.

Así comenzó todo. En 2006, durante la Feria Internacional del Libro (FIL) en Guadalajara, Cruz acudió para tratar se ver al hijo de Aracataca, pero no lo logró, su “timidez congénita” se lo impidió, pero no dejó de telefonearle a Mónica para contarle que no lo vio.

Un año después, en 2007, fue cuando ocurrió el escándalo inaudito. Como los chicos del pueblo, alumnos de Cruz, hablaban siempre del Gabo, que el Gabo esto y el Gabo lo otro, que tenga esta vaina para que aprenda, los pobladores no hallaron una mejor forma de festejar el aniversario 60 de Recoveco que leer de corrido y sin interrupciones, la obra cumbre del escritor: “Cien Años de Soledad.”

Esa primera vez, recuerda Cruz, cronometraron poco más de 19 horas.

Luego, en la FIL de ese año, el Gabo y su esposa Mercedes Barcha invitaron a Cruz y su familia a una cena en el Hilton frente a la Expo Guadalajara. Aquella vez era un homenaje a Álvaro Mutis, porque García Márquez ya no quería más homenajes.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

“Fuimos mi esposa, mi hija Mercedes, mi hijo Rodrigo, un amigo de Tamaulipas y yo, el maestro nos acompañó por dos horas y le conté del Club de La Hojarasca; a él siempre como que le hacía gracia que en un pueblito perdido hiciéramos todo eso por su obra y por él”, dice.

Todavía su hija conserva el libro firmado por el Gabo con la dedicatoria: “De su tío postizo”.

¿QUÉ ES LA COSA?

El profe Cruz es un maniático de las fechas. Llegó a Recoveco un 5 de febrero de 1985, hace ya 37 años. Por eso recuerda que el 9 de enero de 2007, meses antes de conocer en persona al Gabo, le entró una llamada al celular de “cacahuatito” y escuchó aquella voz de acento caribe:

“¿Qué es la cosa?”.

Y ahí empezó la etapa más intensa de aquella insólita amistad. El profe volvió a ver a García Márquez en el 2008 y habitualmente hablaba a su casa de San Ángel, la última morada del autor de “El otoño del Patriarca”.

Primero, cada 3 de marzo telefoneaba a Mónica para felicitarla por su cumpleaños, en medio del tráfago de cada festival. Luego el día 6, era la hora de saludar al maestro.

En uno de esos días de fiesta, Cruz y varias decenas de locos, emprendieron la lectura maratónica de Cien Años en el Archivo Histórico de Sinaloa, en Culiacán. Comenzaron el 5 y concluyeron a las 4 de la madrugada del 6.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

“Llegué a Recoveco muy agotado y me dormí, pero a eso de las 2 y media de la tarde, cuando pensaba en algún personaje de la novela, me sonó el celular y escuché aquella frase: cómo va la cosa”, recuerda.

“Con la novedad, maestro, que hoy a las 4 de la madrugada con tantos minutos terminamos de leer su novela Cien Años de Soledad. Fueron 18 horas. Si esto no es un récord mundial, al menos sí es un record en Sinaloa”, le dijo y García Márquez se carcajeo con aquel acento caribeño.

LA PARTIDA DEL GABO

El maestro murió un jueves santo como uno de sus personajes, Úrsula Iguarán (de “Cien Años…”). Se despidió el 17 de abril de 2014, recuerda el profe.

Dos años atrás, el 12 de septiembre del 2012, a las 12 del mediodía, Cruz Hernández se paraba frente a la casona de ladrillos sin zarpear de la calle De La Loma en San Ángel.

El Gabo siempre le decía, y se lo refrendaba Mónica y hasta Mercedes, que cuando se fuera a Cuidad de México, se pasara a visitarlos. Por eso inventó el pretexto de ir a un congreso en Morelos para luego marchar a la casa.

Dice que tomó el metro de la línea verde y bajó en Viveros. Ahí pidió un taxi y le pidió que lo llevaran a la dirección calle De La Loma 19, colonia San Ángel Inn.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

“¿Va visitar al maestro Gabo?”, dice Cruz que le preguntó el taxista. Se quedó asombrado y se sintió atrapado en un cuento de García Márquez.

En la casa de los García Barcha ya lo esperaban. Lo recibió Mónica y lo hizo pasar al estudio del maestro, ahí conoció la sala donde García Márquez hacía su rigurosa siesta de los martes y el cuadro tan paseado del pintor cartagenero Álvaro Obregón.

Estuvieron un par de horas charlando. La plática del maestro era sobre su biblioteca, su estudio, el cuento del trashumante cuadro de Obregón, las historias de sus abuelos, doña Tranquilina Iguarán y don Nicolás Márquez.

Eso sí, nunca le preguntó de qué trataba la obra en curso.

“No, no, no, nunca le preguntaría eso al maestro, era demasiado supersticioso”, dice.

Después de este último encuentro personal, el profe Cruz se despidió dejándole saludos de sus sobrinos de Recoveco.

“Yo me fui a las 2:30 de la tarde de su casa, seguramente más tarde hizo su famosa siesta de los martes”, dice entre risas.

Para entonces, la salud del Gabo iba a menos y sus apariciones públicas fueron escasas. Dos años después, Cruz recibió una noticia fatal que ya esperaba de tiempo atrás: “Oye, Cruz, que murió el Gabo”, le telefoneó un amigo de Los Mochis.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

Era cierto. Los noticieros del mundo confirmaban la infausta noticia. Se le amargó el corazón, pero sabía que el desenlace llegaría.

Pero la historia no termina ahí. Cruz continuó cultivando aquel intercambio de llamadas y mensajes con Mónica Alonso y con Mercedes, pero ella también partió en agosto de 2020. Como en aquel cuento, en agosto se vieron.

Estoy seguro que en los caminos de la muerte el maestro y Mercedes ya se encontraron, sólo espero que la haya reconocido, afirma.

Cruz

Todavía en el 2016 acompañó a doña Mercedes a Cartagena a ese último viaje que le encargó el Gabo a su esposa: depositar sus cenizas en el Claustro de la Merced de Cartagena de Indias.

Ahora, sin ellos, sus amigos, Cruz se afana en el proyecto de la construcción de su Macondo personal, una extensión de 80 hectáreas bien conservadas ubicadas en el kilómetro 50 de La Costera, en donde habitan en armonía las amapas, los mezquites y todo tipo de flora regional.

Foto: Mario Ibarra | El Sol de Sinaloa

Se ha gastado todos sus ahorros en este descomunal proyecto, concebido quizá con aquel delirio que persiguió a José Arcadio Buendía cuando arrastró a su familia a través de la jungla.

Dice que próximamente construirá con cemento y ladrillos un trenecito con una chimenea real y quién sabe cómo, pero consiguió los planos para edificar una réplica de la casa de los Márquez en Aracataca.

En la entrada de esta reserva protegida hay un letrero que mandó poner, antes de la peste el Covid-19: “Bienvenidos a Macondo. Dios existe”.





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