/ viernes 10 de mayo de 2019

Lo dio todo y no recibió nada a cambio…

Paula tuvo una vida sin un futuro definido, tuvo 10 hijos y varios abortos… al final quedó sola.

Culiacán, Sin. Ella, a sus 18 años, empezó a parir. Mujer delgadita, morena, de mirada serena se enamoró, pese a que su pareja no la quería, dejó su hogar paterno para seguir otros derroteros, con la idea de formar su propia familia.

Al tener su primer hijo, pensó que su vida cambiaría, sin embargo, los maltratos, golpes, humillaciones no solo de su marido, sino de la familia de él, era el pan de cada día, y ella, callada aceptaba la vida que le tocó vivir.

“Aguanté todo, para evitar una tragedia familiar”, comentaba ya que recordaba que tenía temor a que sus hermanos fueran a cobrarle las humillaciones a su pareja.

Se empezó a llenar de hijos, uno tras otro, sin contar los abortos que de manera espontánea se le venían por la desnutrición, ya que a veces prefería no comer para darle el mendrugo del pan, al más pequeñito.

Las violaciones que sufría por parte de su pareja, que cada vez que quería, la tomaba a la fuerza, el hambre, las largas jornadas de trabajo que solía sacar a diario para poder medio alimentar a sus hijos, no se comparaban con el dolor que le ocasionaba ver a sus hijos con hambre.

La imagen que siempre me persiguió fue la de Santi que con desesperación se llevaba a la boca puños de maíz para saciar su hambre….Paula

Se levantaba temprano, se ofrecía en las casas, no por dinero, sino por “unas tortillas para darle de comer a mis hijos”, -seis hijos, cuatro mujeres y dos hombrecitos-, en ese momento.

A diario me levantaba, hoy va a ser diferente, pero la vida continuaba igual. Lo que me mantenía en pie eran mis hijos, quería que estudiaran, que fueran gente de provecho. No tenía ni para sus cuadernos, nos íbamos a la basura de la escuela, recogíamos las libretas que otros niños tiraban, le quitaba las hojas buenas y les hacía sus libretas, las cosía bien para que no se desojaran

Paula

Pasaron los años, llegaba la octava niña, tenía tres meses, se le enfermó, sin dinero, acudió a la capital del estado, sin conocer a nadie, unos parientes de una comadre, le dieron alojamiento por esa noche después de llevar a su pequeña Esther al médico.

Bajo la luz que se filtraba por una ventana no podía ver a su pequeña, pero sí sintió los estertores de la muerte. Se le murió en sus brazos, ahora tenía el dilema cómo trasladarse a su casa, envolvió el pequeño cuerpecito, se le pegó a su pecho, tomó el camión y estoicamente, sin derramar una lágrima para no delatarse que llevaba un cadáver, después de dos horas llegó por fin a su hogar para darle cristiana sepultura a su pequeñita.


Vinieron dos hijas más, el mismo sufrimiento, la misma vida, sin ninguna esperanza. El hijo mayor un día se fue y por años lloró su ausencia, le pedía a Dios “que me lo traiga como sea, si tengo que pedir limosna para mantenerlo, con mucho gusto lo hago…” imploraba.

Pasaron más de 20 años y por fin volvió el hijo, sin ninguna pena ni gloria, como si apenas ayer se hubiese ido. Demandando cariño y buenos tratos.


También lee: Más de 2 mil 400 escuelas de Sinaloa requieren una manita de gato


De los otros hijos, mejor ni hablamos, la abandonaron, de vez en cuando se acordaban que tenían madre. Ella, se paraba en la puerta, avistaba la calle, con la idea de que alguno de ellos la fuera a visitar, solo una iba y le daba sus vueltas, cuando les pide a sus hermanos que vayan a ver a esa viejecita, hasta se ponían de mal humor.

“Mi mamá llora mucho…Coco ve a ver a mi mamá”, le pidió un día a su hermana y ésta molesta le contestó: a mí nadie me va a decir que tengo que hacer…

En navidad, iba el hijo menor, sin que la madre le preguntara, Santi de inmediato le atajaba: ahorita le traigo su regalo. Voy al banco…pasaba otra navidad y volvía con la misma cantaleta: ahorita le traigo su regalo.

Ella, ésta última navidad le preguntó en son de broma ¿ahora si me traes mi regalo? la contestación: “bueno usted nomás pensando en que le puede dar uno”.

Se enfermó…acaba de morir. Para el sepelio los hijos se pelearon. Tres de ellos, se hicieron los ofendidos para no aportar, pese a que por su entrega, dedicación y abnegación merecía un sepelio de reina…Pero eso sí por el que dirán lloraron como si les doliera la partida de esta santa mujer.




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Culiacán, Sin. Ella, a sus 18 años, empezó a parir. Mujer delgadita, morena, de mirada serena se enamoró, pese a que su pareja no la quería, dejó su hogar paterno para seguir otros derroteros, con la idea de formar su propia familia.

Al tener su primer hijo, pensó que su vida cambiaría, sin embargo, los maltratos, golpes, humillaciones no solo de su marido, sino de la familia de él, era el pan de cada día, y ella, callada aceptaba la vida que le tocó vivir.

“Aguanté todo, para evitar una tragedia familiar”, comentaba ya que recordaba que tenía temor a que sus hermanos fueran a cobrarle las humillaciones a su pareja.

Se empezó a llenar de hijos, uno tras otro, sin contar los abortos que de manera espontánea se le venían por la desnutrición, ya que a veces prefería no comer para darle el mendrugo del pan, al más pequeñito.

Las violaciones que sufría por parte de su pareja, que cada vez que quería, la tomaba a la fuerza, el hambre, las largas jornadas de trabajo que solía sacar a diario para poder medio alimentar a sus hijos, no se comparaban con el dolor que le ocasionaba ver a sus hijos con hambre.

La imagen que siempre me persiguió fue la de Santi que con desesperación se llevaba a la boca puños de maíz para saciar su hambre….Paula

Se levantaba temprano, se ofrecía en las casas, no por dinero, sino por “unas tortillas para darle de comer a mis hijos”, -seis hijos, cuatro mujeres y dos hombrecitos-, en ese momento.

A diario me levantaba, hoy va a ser diferente, pero la vida continuaba igual. Lo que me mantenía en pie eran mis hijos, quería que estudiaran, que fueran gente de provecho. No tenía ni para sus cuadernos, nos íbamos a la basura de la escuela, recogíamos las libretas que otros niños tiraban, le quitaba las hojas buenas y les hacía sus libretas, las cosía bien para que no se desojaran

Paula

Pasaron los años, llegaba la octava niña, tenía tres meses, se le enfermó, sin dinero, acudió a la capital del estado, sin conocer a nadie, unos parientes de una comadre, le dieron alojamiento por esa noche después de llevar a su pequeña Esther al médico.

Bajo la luz que se filtraba por una ventana no podía ver a su pequeña, pero sí sintió los estertores de la muerte. Se le murió en sus brazos, ahora tenía el dilema cómo trasladarse a su casa, envolvió el pequeño cuerpecito, se le pegó a su pecho, tomó el camión y estoicamente, sin derramar una lágrima para no delatarse que llevaba un cadáver, después de dos horas llegó por fin a su hogar para darle cristiana sepultura a su pequeñita.


Vinieron dos hijas más, el mismo sufrimiento, la misma vida, sin ninguna esperanza. El hijo mayor un día se fue y por años lloró su ausencia, le pedía a Dios “que me lo traiga como sea, si tengo que pedir limosna para mantenerlo, con mucho gusto lo hago…” imploraba.

Pasaron más de 20 años y por fin volvió el hijo, sin ninguna pena ni gloria, como si apenas ayer se hubiese ido. Demandando cariño y buenos tratos.


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De los otros hijos, mejor ni hablamos, la abandonaron, de vez en cuando se acordaban que tenían madre. Ella, se paraba en la puerta, avistaba la calle, con la idea de que alguno de ellos la fuera a visitar, solo una iba y le daba sus vueltas, cuando les pide a sus hermanos que vayan a ver a esa viejecita, hasta se ponían de mal humor.

“Mi mamá llora mucho…Coco ve a ver a mi mamá”, le pidió un día a su hermana y ésta molesta le contestó: a mí nadie me va a decir que tengo que hacer…

En navidad, iba el hijo menor, sin que la madre le preguntara, Santi de inmediato le atajaba: ahorita le traigo su regalo. Voy al banco…pasaba otra navidad y volvía con la misma cantaleta: ahorita le traigo su regalo.

Ella, ésta última navidad le preguntó en son de broma ¿ahora si me traes mi regalo? la contestación: “bueno usted nomás pensando en que le puede dar uno”.

Se enfermó…acaba de morir. Para el sepelio los hijos se pelearon. Tres de ellos, se hicieron los ofendidos para no aportar, pese a que por su entrega, dedicación y abnegación merecía un sepelio de reina…Pero eso sí por el que dirán lloraron como si les doliera la partida de esta santa mujer.




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