/ sábado 14 de marzo de 2020

Las pifias del Teniente Coronel Cristóbal Castañeda Camarillo

La vertiginosa carrera de Cristóbal ha recaído en verdaderos gazapos a lo largo de su gestión en la SSP

Culiacán, Sin. - Para el teniente coronel Cristóbal Castañeda Camarillo, nombrado secretario de Seguridad Pública en diciembre de 2018, el puente de quiebre fue aquel Jueves Negro en que las células criminales de Los Chapitos salieron de sus escondrijos a tomarle Culiacán, la plaza que, siempre orgullosa, ufana además, esgrime como suya el Cártel de Sinaloa. Se podría decir que desde entonces, las cosas no le han pintado bien al militar que no ha alcanzado el coronelato.

Pifia tras pifia, sin importar lo grotescas y criminales que sean, el teniente coronel ha tenido el respaldo del gobernador Quirino Ordaz Coppel. No importó el asesinato a las dos jóvenes originarias de Tamazula, Durango, acribilladas a tiros por el Grupo Élite de la Policía Estatal Preventiva el pasado 27 de enero.

Menos importó que uno de sus hombres de confianza, el comandante Carlos Alberto C, conocido por la clave Níquel, acusado por la Fiscalía de armar la escena de un enfrentamiento que nunca ocurrió, se encuentre bajo proceso por el delito de encubrimiento.

Lo curioso, quizá lo grotesco, es que nadie ha pedido a cuentas a Castañeda Camarillo. Nadie, ni del Congreso del Estado, ha cuestionado la protección que le dio a sus agentes estatales aquellos días en que la familia de las víctimas y los dos sobrevivientes del fuego policial, señalaron que los policías simplemente dispararon a rajatabla; tiraron a matar.

Cristóbal Castañeda ahora tiene a tres elementos prófugos, otro más vinculado a proceso y un quinto, el líder del Grupo Élite, en un serio lío ante el juez de control, que el próximo martes lo llamará a cuentas para comparecer por las imputaciones.

Fotos Cortesía │ SSP

Las calles siempre han sido de ellos

“El teniente se ha labrado una imagen de duro, que los narcos no podrán con él”, dice un integrante de la SSP que solicitó el anonimato. Cristóbal sale cuantas veces es necesario para tratar de informar, desmentir, corregir o precisar informaciones.

A sus policías les ha ordenado no dar “14”, que en clave policía significa favor. “Que sepan que no hay arreglo con el gobierno”, dicen. Prueba de ello, alegan las autoridades, Castañeda ha salido a presumir una y otra vez los decomisos de nacolaboratorios, artilugios en donde nunca detienen a nadie y en donde nunca hay más pistas más allá de ollas y tambos.

Pero durante el Jueves Negro en que Iván Archivaldo Guzmán encabezó el operativo violento para que las fuerzas armadas liberaran a su hermano Ovidio, sus huestes policiacas perdieron toda la coordinación presumida con la Marina y el Ejército, y optaron entregarle la ciudad a la delincuencia. Dejaron que hicieran y deshicieran, como habitualmente ocurre.

Ante la estrategia de “inundar” de cámaras de video vigilancia la capital, a los criminales les viene el plan orquestado de derribarlas a punta de bala. Y ante la insistencia de mandarlas tumbar, la insistencia de cortar de tajo los postes. Sin detenidos a la vista, pese a que tienen grabados sus rostros, punteros a la orden del narco.

La ciudad es de ellos, mientras Cristóbal simula que patrulla a bordo de sus camionetas Suburbans blindadas, custodiado por blindados, Ejército y Marina. Pero mientras él va acorazado, la ciudadanía sigue inerme, espantada por los comandos que irrumpen en colonias enteras y que hablan de un conflicto bélico entre células contrarias que nadie detiene.

El circo

De la balacera de la colonia Rubén Jaramillo a fines de febrero, al topón en la Loma de Rodriguera que concluyó con el rescate frustrado de un herido en el IMSS. Todos parecen ver el descontrol, escuchar los tambores batientes, menos el hombre que no rinde cuentas: “Tenemos todo bajo control”, suele decir, una vez que se acallan las ráfagas, en que los sicarios se esconden y que ni el Ejército y su gente detiene a nadie.

Ante la confrontación entre el Ruso y el Niní, y la amenaza latente en poblaciones del norte de Culiacán que están bajo disputa de estos grupos, el teniente coronel envía sus operativos para reportar “saldo blanco”, una tranquilidad en la que nadie confía, porque se sabe que el monstruo aguarda ahí, agazapado entre las sombras, dispuesto a emerger si le pisan la cola.

Las claves de las pifias

No sólo fue el Jueves Negro; en año nuevo de 2020, ante las declaraciones de que las autoridades se irían contra los “gatillos calientes” que disparan en la media noche, el gobierno no reportó detenidos o mucho menos investigaciones abiertas.

Por si fuera poco, grupos de sicarios tumbaron a tiros por lo menos 40 cámaras de vigilancia urbana, y luego de que Castañeda Camarillo afirmó que todavía estaban útiles, a los días los matones repitieron el sucedo de manera impune, “rematando” lo que quedaba de los equipos costosos.

Te puede interesar: Protestan vecinos de Agua Caliente en la Novena Zona Militar

De héroe a procesado

Uno de sus hombres de confianza, Níquel, enfrentará un proceso por encubrir el homicidio de dos jovencitas de Tamazula.

Sin investigación

Hasta el momento nadie ha pedido cuentas al teniente coronel por el actuar de sus elementos, a quienes intentó “tapar” criminalizando a las víctimas.

Fotos Cortesía │ SSP



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Culiacán, Sin. - Para el teniente coronel Cristóbal Castañeda Camarillo, nombrado secretario de Seguridad Pública en diciembre de 2018, el puente de quiebre fue aquel Jueves Negro en que las células criminales de Los Chapitos salieron de sus escondrijos a tomarle Culiacán, la plaza que, siempre orgullosa, ufana además, esgrime como suya el Cártel de Sinaloa. Se podría decir que desde entonces, las cosas no le han pintado bien al militar que no ha alcanzado el coronelato.

Pifia tras pifia, sin importar lo grotescas y criminales que sean, el teniente coronel ha tenido el respaldo del gobernador Quirino Ordaz Coppel. No importó el asesinato a las dos jóvenes originarias de Tamazula, Durango, acribilladas a tiros por el Grupo Élite de la Policía Estatal Preventiva el pasado 27 de enero.

Menos importó que uno de sus hombres de confianza, el comandante Carlos Alberto C, conocido por la clave Níquel, acusado por la Fiscalía de armar la escena de un enfrentamiento que nunca ocurrió, se encuentre bajo proceso por el delito de encubrimiento.

Lo curioso, quizá lo grotesco, es que nadie ha pedido a cuentas a Castañeda Camarillo. Nadie, ni del Congreso del Estado, ha cuestionado la protección que le dio a sus agentes estatales aquellos días en que la familia de las víctimas y los dos sobrevivientes del fuego policial, señalaron que los policías simplemente dispararon a rajatabla; tiraron a matar.

Cristóbal Castañeda ahora tiene a tres elementos prófugos, otro más vinculado a proceso y un quinto, el líder del Grupo Élite, en un serio lío ante el juez de control, que el próximo martes lo llamará a cuentas para comparecer por las imputaciones.

Fotos Cortesía │ SSP

Las calles siempre han sido de ellos

“El teniente se ha labrado una imagen de duro, que los narcos no podrán con él”, dice un integrante de la SSP que solicitó el anonimato. Cristóbal sale cuantas veces es necesario para tratar de informar, desmentir, corregir o precisar informaciones.

A sus policías les ha ordenado no dar “14”, que en clave policía significa favor. “Que sepan que no hay arreglo con el gobierno”, dicen. Prueba de ello, alegan las autoridades, Castañeda ha salido a presumir una y otra vez los decomisos de nacolaboratorios, artilugios en donde nunca detienen a nadie y en donde nunca hay más pistas más allá de ollas y tambos.

Pero durante el Jueves Negro en que Iván Archivaldo Guzmán encabezó el operativo violento para que las fuerzas armadas liberaran a su hermano Ovidio, sus huestes policiacas perdieron toda la coordinación presumida con la Marina y el Ejército, y optaron entregarle la ciudad a la delincuencia. Dejaron que hicieran y deshicieran, como habitualmente ocurre.

Ante la estrategia de “inundar” de cámaras de video vigilancia la capital, a los criminales les viene el plan orquestado de derribarlas a punta de bala. Y ante la insistencia de mandarlas tumbar, la insistencia de cortar de tajo los postes. Sin detenidos a la vista, pese a que tienen grabados sus rostros, punteros a la orden del narco.

La ciudad es de ellos, mientras Cristóbal simula que patrulla a bordo de sus camionetas Suburbans blindadas, custodiado por blindados, Ejército y Marina. Pero mientras él va acorazado, la ciudadanía sigue inerme, espantada por los comandos que irrumpen en colonias enteras y que hablan de un conflicto bélico entre células contrarias que nadie detiene.

El circo

De la balacera de la colonia Rubén Jaramillo a fines de febrero, al topón en la Loma de Rodriguera que concluyó con el rescate frustrado de un herido en el IMSS. Todos parecen ver el descontrol, escuchar los tambores batientes, menos el hombre que no rinde cuentas: “Tenemos todo bajo control”, suele decir, una vez que se acallan las ráfagas, en que los sicarios se esconden y que ni el Ejército y su gente detiene a nadie.

Ante la confrontación entre el Ruso y el Niní, y la amenaza latente en poblaciones del norte de Culiacán que están bajo disputa de estos grupos, el teniente coronel envía sus operativos para reportar “saldo blanco”, una tranquilidad en la que nadie confía, porque se sabe que el monstruo aguarda ahí, agazapado entre las sombras, dispuesto a emerger si le pisan la cola.

Las claves de las pifias

No sólo fue el Jueves Negro; en año nuevo de 2020, ante las declaraciones de que las autoridades se irían contra los “gatillos calientes” que disparan en la media noche, el gobierno no reportó detenidos o mucho menos investigaciones abiertas.

Por si fuera poco, grupos de sicarios tumbaron a tiros por lo menos 40 cámaras de vigilancia urbana, y luego de que Castañeda Camarillo afirmó que todavía estaban útiles, a los días los matones repitieron el sucedo de manera impune, “rematando” lo que quedaba de los equipos costosos.

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Uno de sus hombres de confianza, Níquel, enfrentará un proceso por encubrir el homicidio de dos jovencitas de Tamazula.

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