/ sábado 15 de mayo de 2021

La biblioteca del hombre de sombrero panameño

Este 15 de mayo se cumplen cuatro años del asesinato del periodista y escritor sinaloense Javier Valdez, cuya obra dejó un legado que perdura en su ausencia. Mientras el juicio avanza a marrchas forzadas, lo recordamos a través de su biblioteca, porque como decia Borges, los libros son una extensión de la memoria y la imaginación.

No basta con volver: para nombrar el mundo, hay que escuchar primero, el eco de sus muertos.

-Mayco Osiris Ruiz, El revés de esta luz .

Culiacán, Sin.- Llego a uno de esos edificios que no parecen ser oficinas de gobierno. Ingreso por el espacio que debería ser la cochera y me identifico con los guardias. Una mujer se acerca a saludarme y pregunta de qué lugar vengo, caminamos y abre las puertas de un gran salón blanquecino que luce libreros en ambos costados. Al fondo hay una fotografía de aquel rostro que tantas veces encontré por el centro de Culiacán y del cual no conozco más que la superficie: la barba de candado como si guardara secretos, el sombrero panameño que quizá, sólo en el trópico, nuestro trópico, tenga sentido portar en todos lados. Más que un sombrero es un sello de identidad.

Foto: Karla Mendivil | El Sol de Sinaloa

Entro y observo que en uno de los estantes hay cientos de libros, de todas formas y todos tamaños. Esta sala es una cristalización de un pasado que ya no existe: aquel que incluía, en vida, al periodista sinaloense Javier Valdez Cárdenas. Aquí están sus libros, aunque no todos, me dice la encargada, quien añade que hay más por llegar. Podría decirse que estos libros son refugiados cuando su propietario perdió la vida hace cuatro años en un asesinato que enlutó al periodismo mexicano. Fueron traídos a Casa Refugio Citlaltépetl por su esposa para que estuvieran a resguardo, siendo éste lugar un espacio que antes albergó a escritores que se vieron obligados a huir del peligro.

En una de las vitrinas están los libros de otros periodistas conocidos: Anabel Hernández, Jorge Ramos, Juan Villoro, Carlos Monsivais, don Julio Scherer, Froylán Enciso. Los libreros no están cubiertos sólo con libros, también están algunos de sus discos (¿qué librero no es completado con música?), algunos objetos personales como uno de sus sombreros, los gafetes que utilizó como acreditaciones de prensa, algunas fotografías de él en su juventud y otras en compañía de amigos escritores.

También hay una pluma que tiene grabado el logo del periódico La Jornada, del que Javier fue corresponsal en Sinaloa. Pienso que tal vez los muertos jamás abandonan sus pertenencias, que a lo mejor caminan entre los vivos sabiéndose intocables, incorpóreos y todopoderosos, al punto de que juegan con nosotros para permanecer siempre en nuestra memoria. Miro a detalle los títulos como si Javier me lo pidiera: para empezar, están los ejemplares de sus publicaciones, incluyendo una primera edición de Malayerba, la cual nunca había visto ni siquiera como libro de viejo en Culiacán.

Pero en los otros libros, los ajenos, podría haber un trazo de lo que fue Javier, de qué cosas pensaba y le interesaban. Pienso en la curiosidad como motor del periodismo, porque en el oficio muchas veces me encontraba a colegas que se dedicaban a consumir novelas policiacas como si fueran tacos de promoción. Hay libros de John Le Carré, Don Winslow, James Ellroy, Francisco Hinojosa, Élmer Mendoza, Paco Ignacio Taibo II y un ejemplar de Rubem Fonseca.

Puedes leer: A mil 263 días de su homicidio, Javier Valdez exige justicia

Encuentro títulos de Paul Auster, Juan Carlos Onetti, José Saramago, Miguel Ángel Asturias y Günter Grass, autores de referencia en librerías. Dibujan una faceta de Javier que tendía más a lo artístico, como los discos de la biblioteca. Una antología de poesía de Charles Baudelaire, algunas novelas de José Agustín y un libro sobre Charles Bukowski, trazan parte del retrato bohemio de Javier. Con escenario el Guayabo, esa cantina de referencia para la cultura de la ciudad. Como en su momento lo fue el bar San Remo, ese espacio subterráneo donde coincidió con la actriz Itzel Navidad, el psicoanalista Gustavo Orpínela y el músico Juan Jiménez, hoy todos ausentes. Regreso a una fotografía con Juan Villoro, el día que el escritor acudió a la capital sinaloense para presentar Huérfanos del Narco, esa noche hubo un homenaje en memoria de otro periodista sinaloense: Martín Almaral, columnista cultural, quien falleció antes por motivos de salud. Aquel día no parecía cernirse una nube de presagios oscuros. Ahora ninguno de los mencionados salvo Villoro, está con nosotros. Siguen vivos a través de su obra.






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No basta con volver: para nombrar el mundo, hay que escuchar primero, el eco de sus muertos.

-Mayco Osiris Ruiz, El revés de esta luz .

Culiacán, Sin.- Llego a uno de esos edificios que no parecen ser oficinas de gobierno. Ingreso por el espacio que debería ser la cochera y me identifico con los guardias. Una mujer se acerca a saludarme y pregunta de qué lugar vengo, caminamos y abre las puertas de un gran salón blanquecino que luce libreros en ambos costados. Al fondo hay una fotografía de aquel rostro que tantas veces encontré por el centro de Culiacán y del cual no conozco más que la superficie: la barba de candado como si guardara secretos, el sombrero panameño que quizá, sólo en el trópico, nuestro trópico, tenga sentido portar en todos lados. Más que un sombrero es un sello de identidad.

Foto: Karla Mendivil | El Sol de Sinaloa

Entro y observo que en uno de los estantes hay cientos de libros, de todas formas y todos tamaños. Esta sala es una cristalización de un pasado que ya no existe: aquel que incluía, en vida, al periodista sinaloense Javier Valdez Cárdenas. Aquí están sus libros, aunque no todos, me dice la encargada, quien añade que hay más por llegar. Podría decirse que estos libros son refugiados cuando su propietario perdió la vida hace cuatro años en un asesinato que enlutó al periodismo mexicano. Fueron traídos a Casa Refugio Citlaltépetl por su esposa para que estuvieran a resguardo, siendo éste lugar un espacio que antes albergó a escritores que se vieron obligados a huir del peligro.

En una de las vitrinas están los libros de otros periodistas conocidos: Anabel Hernández, Jorge Ramos, Juan Villoro, Carlos Monsivais, don Julio Scherer, Froylán Enciso. Los libreros no están cubiertos sólo con libros, también están algunos de sus discos (¿qué librero no es completado con música?), algunos objetos personales como uno de sus sombreros, los gafetes que utilizó como acreditaciones de prensa, algunas fotografías de él en su juventud y otras en compañía de amigos escritores.

También hay una pluma que tiene grabado el logo del periódico La Jornada, del que Javier fue corresponsal en Sinaloa. Pienso que tal vez los muertos jamás abandonan sus pertenencias, que a lo mejor caminan entre los vivos sabiéndose intocables, incorpóreos y todopoderosos, al punto de que juegan con nosotros para permanecer siempre en nuestra memoria. Miro a detalle los títulos como si Javier me lo pidiera: para empezar, están los ejemplares de sus publicaciones, incluyendo una primera edición de Malayerba, la cual nunca había visto ni siquiera como libro de viejo en Culiacán.

Pero en los otros libros, los ajenos, podría haber un trazo de lo que fue Javier, de qué cosas pensaba y le interesaban. Pienso en la curiosidad como motor del periodismo, porque en el oficio muchas veces me encontraba a colegas que se dedicaban a consumir novelas policiacas como si fueran tacos de promoción. Hay libros de John Le Carré, Don Winslow, James Ellroy, Francisco Hinojosa, Élmer Mendoza, Paco Ignacio Taibo II y un ejemplar de Rubem Fonseca.

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Encuentro títulos de Paul Auster, Juan Carlos Onetti, José Saramago, Miguel Ángel Asturias y Günter Grass, autores de referencia en librerías. Dibujan una faceta de Javier que tendía más a lo artístico, como los discos de la biblioteca. Una antología de poesía de Charles Baudelaire, algunas novelas de José Agustín y un libro sobre Charles Bukowski, trazan parte del retrato bohemio de Javier. Con escenario el Guayabo, esa cantina de referencia para la cultura de la ciudad. Como en su momento lo fue el bar San Remo, ese espacio subterráneo donde coincidió con la actriz Itzel Navidad, el psicoanalista Gustavo Orpínela y el músico Juan Jiménez, hoy todos ausentes. Regreso a una fotografía con Juan Villoro, el día que el escritor acudió a la capital sinaloense para presentar Huérfanos del Narco, esa noche hubo un homenaje en memoria de otro periodista sinaloense: Martín Almaral, columnista cultural, quien falleció antes por motivos de salud. Aquel día no parecía cernirse una nube de presagios oscuros. Ahora ninguno de los mencionados salvo Villoro, está con nosotros. Siguen vivos a través de su obra.






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