/ sábado 26 de octubre de 2019

Crónicas de Ambulancia: La muerte se subió a la ambulancia...

Los sucesos traumáticos que viven en la mente de los paramédicos se encarnan tanto que ni el tiempo puede lavar el dolor

CULIACÁN. - Daniel es un paramédico en activo desde hace 26 años y siempre se ha caracterizado por su calma y carisma. Comienza su relato platicando la fortuna de tener una familia y como ha sorteado los dos extremos de la vida de un paramédico, hasta entonces todo regular en la plática normal de un veterano de las ambulancias.

La sombra de la anécdota que buscaba desenterrar se asomaba tímidamente, pero Daniel resistía y la sorteaba; el páramo oscuro donde se aloja ese recuerdo tiene sus caminos y Daniel apenas los estaba olvidando. Unos minutos de historias sin comienzo ni final dieron paso al relato, ese que ocurrió hace diez u once años en un martes que bien pudo ser un jueves.

Daniel recibió en la madrugada el llamado de un hombre gravemente herido al sureste de la ciudad. Salió con la calma normal sin dejar de considerar la urgencia. Él conducía la unidad y llevaba dos paramédicos más; equipo completo. El camino se comenzó a poner difícil cuando llegaron a la colonia destino, calles sin pavimentar y una luz pública casi nula. Al fondo de la calle avistaron señales y se dirigieron hacia allá.

Un hombre con graves heridas por todo el cuerpo, sangre y golpes en zonas específicas que dictaban claramente que había sufrido tortura. Daniel miró a sus compañeros y se acercaron para atender al joven. El herido miró a Daniel y con una voz cortada por el dolor le dijo: "compa, sáqueme de aquí".

DESTINO

Subieron a la camilla al hombre y amarrado con tablas y vendas lo dejaron inmóvil y seguro. Daniel apretó las manos al volante y decidió salir de esa esquina oscura de la ciudad en una pieza, pues sabía que en estos casos la suerte es más importante que cualquier otra cosa. Recorrió una cuadra de difíciles baches y oscuridad profunda cuando vio por el retrovisor tres relucientes camionetas que le hicieron cambio de luces: han de ser ministeriales que vienen a ver qué pasó, pensó.

La primera camioneta se le empareja y con una señal le dice que pare la ambulancia, se pone al frente. La segunda junto a él y la tercera detrás de la ambulancia. Daniel espera a que se acerquen y de la densa noche sale un cañón negro y brillante que golpea suavemente el cristal de la puerta; entonces escuchó el macabro ruido del cerrojo de dicha escuadra; esos no son policías.

Daniel baja el vidrio lo más calmado que pudo y enseguida sintió el frío y duro cañón en su sien. –No te muevas, deja el radio y pon las manos donde pueda verlas, le dijeron.

El experimentado paramédico cuenta que él solo recuerda a sujetos entre sombras todos, con gorra y ropa negra; la muerte suele vestir esa ropa cuando visita Culiacán.

Atrás, dos sujetos abren la puerta y en un violento movimiento sacan de la unidad a un paramédico, ya en el suelo le patean la cabeza seguido de la orden de no moverse, había quedado claro. Daniel de espaldas y encajonado recordó todos los rostros y vivencias en menos de un segundo. Con cierta ironía dice que parece una película rápido antes de morir, pues él sentía que ahí terminaba su vida.

El segundo paramédico se escondió en cuclillas al fondo de la unidad, entonces uno de los hombres de negro y gorra subió y después un vistazo rápido a la camilla, gritó: "Sí es él". El que tenía amagado a Daniel le dijo con un tono escalofriante que ya sabía qué hacer.

LA ORDEN

Daniel sintió un sudor frío al oír esa orden de muerte. No alcanzó a tragar saliva cuando una decena de disparos sonaron a su espalda; se subieron a rematarlo. El zumbido que viene después solo era interrumpido por la respiración agitada de Daniel, que sentía sus oídos reventar. Una pregunta más vino de atrás: "¿y con ellos, ¿qué hacemos?" A lo que el presunto líder de esa cuadrilla le contestó: "el pedo no es con ellos, vámonos".

En solo cinco minutos había sucedido todo ese carnaval de muerte y miedo. Al momento de que le retiran el cañón de la cabeza a Daniel, viene una orden más amenazante, en 15 minutos después de que nos pierdas de vista, se van, le dijeron. Un asentimiento bastó y las tres oscuras camionetas se fueron en una tormenta de polvo y ruido.

Daniel fue a revisar a sus compañeros; el primero apenas se estaba parando lleno de lodo y una marca de bota en la frente, el segundo agazapado al fondo de la unidad solo dijo que estaba bien casi sin creérselo. El cuerpo en la camilla ya no se parecía al joven que habían subido; las balas le deformaron el rostro y cuerpo. Como pudieron regresaron al camino y salieron hacia la estación.

Lee Aquí:No hay más parteras en Sinaloa, nos dice en Badiraguato doña Panchita

La clave de emergencia fue dada y Daniel recuerda ver la aguja de velocidad rebasando los 120 kilómetros por hora, pero su sensación era de no avanzar. Todos estaban esperándolos en la estación, en aquellos tiempos el apoyo psicológico era pobre o nulo para los socorristas y entre la peregrinación de las declaraciones eternas a la policía y los amigos que se dieron a escuchar se pudo solventar la ansiedad.

10 años después sentado frente a un interlocutor más, las lágrimas que no salieron se le escapan a Daniel, y con toda la sabiduría que dan los años marca ese hecho como un punto de quiebre en vida y en sus ojos se refleja aún la carga de aquel día en que la muerte se subió a su ambulancia.

VIVENCIA

El paramédico sintió el frío y duro cañón en su sien… No te muevas, deja el radio y pon las manos donde pueda verlas, le dijeron.

EL AUXILIO

Un hombre con graves heridas por todo el cuerpo, sangre y golpes en zonas específicas que dictaban claramente que había sufrido tortura.


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CULIACÁN. - Daniel es un paramédico en activo desde hace 26 años y siempre se ha caracterizado por su calma y carisma. Comienza su relato platicando la fortuna de tener una familia y como ha sorteado los dos extremos de la vida de un paramédico, hasta entonces todo regular en la plática normal de un veterano de las ambulancias.

La sombra de la anécdota que buscaba desenterrar se asomaba tímidamente, pero Daniel resistía y la sorteaba; el páramo oscuro donde se aloja ese recuerdo tiene sus caminos y Daniel apenas los estaba olvidando. Unos minutos de historias sin comienzo ni final dieron paso al relato, ese que ocurrió hace diez u once años en un martes que bien pudo ser un jueves.

Daniel recibió en la madrugada el llamado de un hombre gravemente herido al sureste de la ciudad. Salió con la calma normal sin dejar de considerar la urgencia. Él conducía la unidad y llevaba dos paramédicos más; equipo completo. El camino se comenzó a poner difícil cuando llegaron a la colonia destino, calles sin pavimentar y una luz pública casi nula. Al fondo de la calle avistaron señales y se dirigieron hacia allá.

Un hombre con graves heridas por todo el cuerpo, sangre y golpes en zonas específicas que dictaban claramente que había sufrido tortura. Daniel miró a sus compañeros y se acercaron para atender al joven. El herido miró a Daniel y con una voz cortada por el dolor le dijo: "compa, sáqueme de aquí".

DESTINO

Subieron a la camilla al hombre y amarrado con tablas y vendas lo dejaron inmóvil y seguro. Daniel apretó las manos al volante y decidió salir de esa esquina oscura de la ciudad en una pieza, pues sabía que en estos casos la suerte es más importante que cualquier otra cosa. Recorrió una cuadra de difíciles baches y oscuridad profunda cuando vio por el retrovisor tres relucientes camionetas que le hicieron cambio de luces: han de ser ministeriales que vienen a ver qué pasó, pensó.

La primera camioneta se le empareja y con una señal le dice que pare la ambulancia, se pone al frente. La segunda junto a él y la tercera detrás de la ambulancia. Daniel espera a que se acerquen y de la densa noche sale un cañón negro y brillante que golpea suavemente el cristal de la puerta; entonces escuchó el macabro ruido del cerrojo de dicha escuadra; esos no son policías.

Daniel baja el vidrio lo más calmado que pudo y enseguida sintió el frío y duro cañón en su sien. –No te muevas, deja el radio y pon las manos donde pueda verlas, le dijeron.

El experimentado paramédico cuenta que él solo recuerda a sujetos entre sombras todos, con gorra y ropa negra; la muerte suele vestir esa ropa cuando visita Culiacán.

Atrás, dos sujetos abren la puerta y en un violento movimiento sacan de la unidad a un paramédico, ya en el suelo le patean la cabeza seguido de la orden de no moverse, había quedado claro. Daniel de espaldas y encajonado recordó todos los rostros y vivencias en menos de un segundo. Con cierta ironía dice que parece una película rápido antes de morir, pues él sentía que ahí terminaba su vida.

El segundo paramédico se escondió en cuclillas al fondo de la unidad, entonces uno de los hombres de negro y gorra subió y después un vistazo rápido a la camilla, gritó: "Sí es él". El que tenía amagado a Daniel le dijo con un tono escalofriante que ya sabía qué hacer.

LA ORDEN

Daniel sintió un sudor frío al oír esa orden de muerte. No alcanzó a tragar saliva cuando una decena de disparos sonaron a su espalda; se subieron a rematarlo. El zumbido que viene después solo era interrumpido por la respiración agitada de Daniel, que sentía sus oídos reventar. Una pregunta más vino de atrás: "¿y con ellos, ¿qué hacemos?" A lo que el presunto líder de esa cuadrilla le contestó: "el pedo no es con ellos, vámonos".

En solo cinco minutos había sucedido todo ese carnaval de muerte y miedo. Al momento de que le retiran el cañón de la cabeza a Daniel, viene una orden más amenazante, en 15 minutos después de que nos pierdas de vista, se van, le dijeron. Un asentimiento bastó y las tres oscuras camionetas se fueron en una tormenta de polvo y ruido.

Daniel fue a revisar a sus compañeros; el primero apenas se estaba parando lleno de lodo y una marca de bota en la frente, el segundo agazapado al fondo de la unidad solo dijo que estaba bien casi sin creérselo. El cuerpo en la camilla ya no se parecía al joven que habían subido; las balas le deformaron el rostro y cuerpo. Como pudieron regresaron al camino y salieron hacia la estación.

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La clave de emergencia fue dada y Daniel recuerda ver la aguja de velocidad rebasando los 120 kilómetros por hora, pero su sensación era de no avanzar. Todos estaban esperándolos en la estación, en aquellos tiempos el apoyo psicológico era pobre o nulo para los socorristas y entre la peregrinación de las declaraciones eternas a la policía y los amigos que se dieron a escuchar se pudo solventar la ansiedad.

10 años después sentado frente a un interlocutor más, las lágrimas que no salieron se le escapan a Daniel, y con toda la sabiduría que dan los años marca ese hecho como un punto de quiebre en vida y en sus ojos se refleja aún la carga de aquel día en que la muerte se subió a su ambulancia.

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