/ sábado 14 de diciembre de 2019

Crónicas de Ambulancia: El milagro del valor

En la década de los sesentas el cuerpo de socorros de Cruz Roja estaba armado solo de voluntad y ganas para luchar contra las circunstancias urgentes

Culiacán Sin.- Tomás Rosas es hijo de la época donde las noticias de una guerra ajena pero inquietante llegaban a los pastines amarillentos de México. Su llegada a Cruz Roja fue producto de las circunstancias inesperadas, un dedo herido, el brillo de los brazaletes con la insignia y un llamado del servicio.



El joven voluntario no sabía poner una inyección y los vendajes eran un acertijo indescifrable. Pero así se lanzaba a los servicios que caían en su guardia de jueves por la noche.

Todo se vuelve nostálgico cuando se hace memoria y el recuerdo de aquella salida rumbo a Imala le dibuja a Tomás una sonrisa infantil al mismo tiempo que conjura el nombre de un tal Demetrio, el Demetrio.

Su mente viaja a los años donde algunos lloraban la muerte del Che, Dylan le escupía a los señores de la guerra en Vietnam y en Tatlelolco tiraban a dar. A sus veintitantos tenía ya algo de experiencia gracias a los cursos de enfermería que el impulsó para él y sus compañeros, así que cuando le avisaron de un traslado sin más información, supo que algo más pasaba.

Tomás salió con equipo completo: chófer y un socorro más, en una vieja ambulancia del cuarenta y tantos que rechinaba en cada curva pero cumplía con su objetivo. Fausto, le dice a Tomás que le avisara a Demetrio que cuidara la puerta trasera y la camilla, pues a veces se le saca el seguro con los vaivenes del armatoste.

La ambulancia iba dando saltos y haciendo ruidos sobre la terracería cuando el cielo se les cierra y el agua cae en diluvio. Bajaron una última pendiente para llegar con la paciente: una jovencita en trabajo de parto y su esposo echo una bola de nervios y sudor mezclado con lluvia.

La sorpresa fue de que en cualquier momentos el bebé nacería y rápido aseguraron a la mujer a la pesada camilla. Tomás, Demetrio y el esposo iban detrás mientras Fausto arrancó la ambulancia que se deshacía entre resoplidos y chirridos de engranes.

-Demetrio, agarra bien la puerta porque se abre... le decía Tomás a su compañero que para cuando terminó la frase ya tenía medio cuerpo fuera de la ambulancia.

En su reflejo, Demetrio se agarró de la camilla, que como se esperaba, se le rompió el seguro. Tomás, el esposo de la joven, y Fausto por el retrovisor vieron a Demetrio rodar por la carretera tomado de la camilla con la joven en trabajo de parto. Un espectáculo de lodo, gritos y chispas iluminados por las palidas luces traseras.

Antes de que la ambulancia frenara, el joven esposo preocupado saltó en busca de su mujer. Tomás bajó para darse cuenta que la joven había rodado hacia la orilla libre de la camilla, que junto a demetrio se perdió en el fondo de la barranca.

Abrazada a un árbol y semi inconsciente la tomaron en brazos para subirla de nuevo a la ambulancia. La urgencia demandaba todo menos esperar. Fausto y Tomás salieron con la paciente junto a su esposo rumbo a Culiacán y dejaron a Demetrio y su camilla. "Al rato volvemos" dijeron.

El golpe que recibió la mujer apresuró el parto y llenos de lodo, lluvia y miedo comenzaron a recibir al recién nacido. Con ropas medio secas y medio sucias tomaron al bebé, fuerte y sano. Nadie lo creía, y mucho menos creerían que Tomás en un rápido reflejo mordisqueó el cordón umbilical para terminar con el alumbramiento. Las miradas atónitas de Fausto y el recién graduado como padre hicieron una pausa en el tiempo y solo se escuchaba el goteo de lodo, agua y secreciones.

Llegaron sanos al hospital y rápido regresaron por Demetrio, el Demetrio...

Lo encontraron bajo un árbol abrazado de la camilla rezando tantas mentadas y demás injurios que no hicieron más que carcajadas. Cuando le contaron la razón de su abandono el buen Demetrio sonrió y agradeció a Dios. Llenos de lodo y sangre regresaron a Culiacán a contar la hazaña.


Te puede interesar: Crónicas de Ambulancia: El abrazo del destino


Días después Tomás fue a visitar a la joven familia que seguía en el hospital, la mujer, feliz y radiante no recordaba lo que había pasado, solo que vio al tal Demetrio salir volando con la camilla.

50 años después Tomás ríe como si fuera aún aquella noche donde las circunstancias más improbables dieron como resultado el nacimiento de una vida y una de las historias más increíbles que sus canas puedan atesorar.



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Culiacán Sin.- Tomás Rosas es hijo de la época donde las noticias de una guerra ajena pero inquietante llegaban a los pastines amarillentos de México. Su llegada a Cruz Roja fue producto de las circunstancias inesperadas, un dedo herido, el brillo de los brazaletes con la insignia y un llamado del servicio.



El joven voluntario no sabía poner una inyección y los vendajes eran un acertijo indescifrable. Pero así se lanzaba a los servicios que caían en su guardia de jueves por la noche.

Todo se vuelve nostálgico cuando se hace memoria y el recuerdo de aquella salida rumbo a Imala le dibuja a Tomás una sonrisa infantil al mismo tiempo que conjura el nombre de un tal Demetrio, el Demetrio.

Su mente viaja a los años donde algunos lloraban la muerte del Che, Dylan le escupía a los señores de la guerra en Vietnam y en Tatlelolco tiraban a dar. A sus veintitantos tenía ya algo de experiencia gracias a los cursos de enfermería que el impulsó para él y sus compañeros, así que cuando le avisaron de un traslado sin más información, supo que algo más pasaba.

Tomás salió con equipo completo: chófer y un socorro más, en una vieja ambulancia del cuarenta y tantos que rechinaba en cada curva pero cumplía con su objetivo. Fausto, le dice a Tomás que le avisara a Demetrio que cuidara la puerta trasera y la camilla, pues a veces se le saca el seguro con los vaivenes del armatoste.

La ambulancia iba dando saltos y haciendo ruidos sobre la terracería cuando el cielo se les cierra y el agua cae en diluvio. Bajaron una última pendiente para llegar con la paciente: una jovencita en trabajo de parto y su esposo echo una bola de nervios y sudor mezclado con lluvia.

La sorpresa fue de que en cualquier momentos el bebé nacería y rápido aseguraron a la mujer a la pesada camilla. Tomás, Demetrio y el esposo iban detrás mientras Fausto arrancó la ambulancia que se deshacía entre resoplidos y chirridos de engranes.

-Demetrio, agarra bien la puerta porque se abre... le decía Tomás a su compañero que para cuando terminó la frase ya tenía medio cuerpo fuera de la ambulancia.

En su reflejo, Demetrio se agarró de la camilla, que como se esperaba, se le rompió el seguro. Tomás, el esposo de la joven, y Fausto por el retrovisor vieron a Demetrio rodar por la carretera tomado de la camilla con la joven en trabajo de parto. Un espectáculo de lodo, gritos y chispas iluminados por las palidas luces traseras.

Antes de que la ambulancia frenara, el joven esposo preocupado saltó en busca de su mujer. Tomás bajó para darse cuenta que la joven había rodado hacia la orilla libre de la camilla, que junto a demetrio se perdió en el fondo de la barranca.

Abrazada a un árbol y semi inconsciente la tomaron en brazos para subirla de nuevo a la ambulancia. La urgencia demandaba todo menos esperar. Fausto y Tomás salieron con la paciente junto a su esposo rumbo a Culiacán y dejaron a Demetrio y su camilla. "Al rato volvemos" dijeron.

El golpe que recibió la mujer apresuró el parto y llenos de lodo, lluvia y miedo comenzaron a recibir al recién nacido. Con ropas medio secas y medio sucias tomaron al bebé, fuerte y sano. Nadie lo creía, y mucho menos creerían que Tomás en un rápido reflejo mordisqueó el cordón umbilical para terminar con el alumbramiento. Las miradas atónitas de Fausto y el recién graduado como padre hicieron una pausa en el tiempo y solo se escuchaba el goteo de lodo, agua y secreciones.

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