/ sábado 22 de febrero de 2020

A diez años de no escuchar la sonrisa de Genoveva Rogers en Cruz Roja

Ya son diez años desde que la guerra del narco alcanzó a Cruz Roja y le arrebató la sonrisa en un segundo y tres mil días

Culiacán, Sin. - La Geno está herida, está en el suelo... plebes, mataron a Genoveva.

La normalidad de una mañana de domingo de guardia en la radio parecía apachurrar el aire y el engañoso frío de inicio de año se retiraba para darle a Culiacán sus treinta y tantos grados a las ocho de la mañana. La vista a través del cristal regalaba un paisaje de palmeras y autos lentos llegando al semáforo; Genoveva iniciaba su turno.

La decisión de cuál iba ser el desayuno dominical se debatía entre Geno y Daniel. Unos tacos, sí. Pero ¿de carnitas o de asada? El tiempo iba más lento y los llamados no caían, pura risa de la Geno a las ocurrencias de Daniel.

A diez años de que asesinaran a Genoveva, los paramédicos contemporáneos a esa época se reúnen y hablan de ella con una nostalgia que cala la piel. "Era puro alboroto y alegría la Geno" dicen casi al unísono. Las lágrimas nunca dejan de salir si se trata de la Comandante General, grado obtenido al morir en servicio.

21 años cumplía Genoveva el 29 de marzo, a un mes ya de su cumple, pues. La fiesta ya se esperaba pues la contagiosa risa de la muchacha la hacía fácil de querer. Tiempo atrás de ese domingo de indecisión por el desayuno, Geno le presumía a Daniel que iba estar en la radio, habló con el doctor Vidal y le dio oportunidad; pura felicidad.

La mañana ya empezaba a tomar ritmo y a lo lejos se oyó la tracatera; balazos, dijeron al fondo de la estación. Normal para ese tiempo, la guerra de cárteles de droga se peleaba en cada esquina de Culiacán y unas ráfagas de fusil eran igual de comunes que el canto de los pájaros.

La espinita de la violencia desbordada les picaba a todos, a los socorristas, más. Ellos la vivían día a día al recoger decenas de baleados y heridos durante esa década sangrienta.

La radio seguía pitando y las respuestas de Geno eran precisas y expeditas. Ese día le había hecho el favor a otro operador de radio de cubrirle el turno. Genoveva no le tocaba ir a trabajar, pues. Pero común entre ellos era hacerse "el paro" de cubrir esos turnos o guardias más pesados para los desvelados.

Durante el homenaje póstumo a Genoveva a diez años de su asesinato su madre en permanente luto soltaba lágrimas de vidrio y su padre se mordía los labios para articular palabras. Nadie está enojado; no iban por Cruz Roja y ella estaba cumpliendo su labor, valiente y feliz: virtudes escasas durante la guerra. Su padre dice que cada que escucha una sirena o ve un paramédico, se le parte el corazón de dolor; a quien lo escucha se le parte el alma.

Cuando las ráfagas se escuchaban más cerca y las llantas rechinaban en la esquina fue que todos levantaron la mirada. Trágicamente eso seguía siendo normal. Los disparos sonaron frente a la estación y en acto reflejo todos se tiraron al suelo. La estación de radio daba a la banqueta y un cristal separaba a los operadores del exterior; tronó, se quebró y arañó el aire cuando los proyectiles apuntaron hacia adentro.

Lee Aquí: Pequeño homenaje póstumo a Genoveva Rogers

Un sujeto entró corriendo chorreando sangre y miedo. Venían por él, a él de disparaban, pues. Vio en Cruz Roja una trinchera de salvación, pero ni los sicarios ni las balas respetan fronteras o límites. Las ráfagas sonaron por un minuto que pareció una hora.

Daniel se tiró al suelo y de reojo vio que Genoveva cayó junto a él, se agazapó hasta que el sujeto perseguido salió corriendo, así como entró; los sicarios detrás de él. Cuando Daniel se paró sintió un charco de sangre y el zumbido de oídos se interrumpía por el llanto atacado de las enfermeras de urgencias.

A Genoveva le dieron en la cabeza, pudo ser un rosón o no pudo ser nada, pero su muerte fue instantánea. Cuando cayó junto a Daniel ella estaba muerta. Si, la llevaron a urgencias. Si, la cargaron entre todos. Pero los malditos daños colaterales la hicieron parte de sus estadísticas. La guerra que nadie quería le dio a la noble institución donde más duele.

24 horas sin servicio de ambulancia, estaciones cerradas en Culiacán, Mazatlán, Navolato y Mochis le dieron al gobierno una muestra de su todavía deficiente servicio médico de urgencias. Los ojos del mundo voltearon a Culiacán por las únicas razones que lo siguen haciendo diez años después.

La pequeña protesta de cerrar sus puertas por 24 horas demostró que Cruz Roja es una parte clave de la salud pública y que si tocaban a sus voluntarios tocaban a todo Sinaloa, a México y al mundo.

Genoveva sigue viva en cada servicio, sigue viva en la sala de espera de la guardia donde recuerdan sus bromas. La miran en servicio en la ambulancia número 22 que lleva su nombre, en cada lágrima de los veteranos que la vieron brillar y apagarse en tan poco tiempo.

Comandante General María Genoveva Rogers Lozoya: ¡Murió en servicio!


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Culiacán, Sin. - La Geno está herida, está en el suelo... plebes, mataron a Genoveva.

La normalidad de una mañana de domingo de guardia en la radio parecía apachurrar el aire y el engañoso frío de inicio de año se retiraba para darle a Culiacán sus treinta y tantos grados a las ocho de la mañana. La vista a través del cristal regalaba un paisaje de palmeras y autos lentos llegando al semáforo; Genoveva iniciaba su turno.

La decisión de cuál iba ser el desayuno dominical se debatía entre Geno y Daniel. Unos tacos, sí. Pero ¿de carnitas o de asada? El tiempo iba más lento y los llamados no caían, pura risa de la Geno a las ocurrencias de Daniel.

A diez años de que asesinaran a Genoveva, los paramédicos contemporáneos a esa época se reúnen y hablan de ella con una nostalgia que cala la piel. "Era puro alboroto y alegría la Geno" dicen casi al unísono. Las lágrimas nunca dejan de salir si se trata de la Comandante General, grado obtenido al morir en servicio.

21 años cumplía Genoveva el 29 de marzo, a un mes ya de su cumple, pues. La fiesta ya se esperaba pues la contagiosa risa de la muchacha la hacía fácil de querer. Tiempo atrás de ese domingo de indecisión por el desayuno, Geno le presumía a Daniel que iba estar en la radio, habló con el doctor Vidal y le dio oportunidad; pura felicidad.

La mañana ya empezaba a tomar ritmo y a lo lejos se oyó la tracatera; balazos, dijeron al fondo de la estación. Normal para ese tiempo, la guerra de cárteles de droga se peleaba en cada esquina de Culiacán y unas ráfagas de fusil eran igual de comunes que el canto de los pájaros.

La espinita de la violencia desbordada les picaba a todos, a los socorristas, más. Ellos la vivían día a día al recoger decenas de baleados y heridos durante esa década sangrienta.

La radio seguía pitando y las respuestas de Geno eran precisas y expeditas. Ese día le había hecho el favor a otro operador de radio de cubrirle el turno. Genoveva no le tocaba ir a trabajar, pues. Pero común entre ellos era hacerse "el paro" de cubrir esos turnos o guardias más pesados para los desvelados.

Durante el homenaje póstumo a Genoveva a diez años de su asesinato su madre en permanente luto soltaba lágrimas de vidrio y su padre se mordía los labios para articular palabras. Nadie está enojado; no iban por Cruz Roja y ella estaba cumpliendo su labor, valiente y feliz: virtudes escasas durante la guerra. Su padre dice que cada que escucha una sirena o ve un paramédico, se le parte el corazón de dolor; a quien lo escucha se le parte el alma.

Cuando las ráfagas se escuchaban más cerca y las llantas rechinaban en la esquina fue que todos levantaron la mirada. Trágicamente eso seguía siendo normal. Los disparos sonaron frente a la estación y en acto reflejo todos se tiraron al suelo. La estación de radio daba a la banqueta y un cristal separaba a los operadores del exterior; tronó, se quebró y arañó el aire cuando los proyectiles apuntaron hacia adentro.

Lee Aquí: Pequeño homenaje póstumo a Genoveva Rogers

Un sujeto entró corriendo chorreando sangre y miedo. Venían por él, a él de disparaban, pues. Vio en Cruz Roja una trinchera de salvación, pero ni los sicarios ni las balas respetan fronteras o límites. Las ráfagas sonaron por un minuto que pareció una hora.

Daniel se tiró al suelo y de reojo vio que Genoveva cayó junto a él, se agazapó hasta que el sujeto perseguido salió corriendo, así como entró; los sicarios detrás de él. Cuando Daniel se paró sintió un charco de sangre y el zumbido de oídos se interrumpía por el llanto atacado de las enfermeras de urgencias.

A Genoveva le dieron en la cabeza, pudo ser un rosón o no pudo ser nada, pero su muerte fue instantánea. Cuando cayó junto a Daniel ella estaba muerta. Si, la llevaron a urgencias. Si, la cargaron entre todos. Pero los malditos daños colaterales la hicieron parte de sus estadísticas. La guerra que nadie quería le dio a la noble institución donde más duele.

24 horas sin servicio de ambulancia, estaciones cerradas en Culiacán, Mazatlán, Navolato y Mochis le dieron al gobierno una muestra de su todavía deficiente servicio médico de urgencias. Los ojos del mundo voltearon a Culiacán por las únicas razones que lo siguen haciendo diez años después.

La pequeña protesta de cerrar sus puertas por 24 horas demostró que Cruz Roja es una parte clave de la salud pública y que si tocaban a sus voluntarios tocaban a todo Sinaloa, a México y al mundo.

Genoveva sigue viva en cada servicio, sigue viva en la sala de espera de la guardia donde recuerdan sus bromas. La miran en servicio en la ambulancia número 22 que lleva su nombre, en cada lágrima de los veteranos que la vieron brillar y apagarse en tan poco tiempo.

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