/ sábado 6 de julio de 2019

Desplazados de la sierra viven en condiciones precarias y de extrema pobreza en Mazatlán

De tenerlo todo, terrenos, casas grandes, ganado, parcelas y siembras, ahora sobreviven con el temor de ser desalojados, en casas de lámina y cartón, de arrimados, en viviendas prestadas y en terrenos irregulares

Mazatlán, Sin.- “Cuando caí aquí, caí en raso, el gobierno nos tiró ahí nomás, en la calle, sin casa, soy de las primeras que llegaron; mataron a un yerno mío y nos sacaron del pueblo, nos vinimos con el gobierno porque nos dio miedo, dejamos todo, nomás me traje los papeles”, comenta Apolonia “N”, mientras guisa un huevo revuelto en la hornilla que ella misma construyó con tierra y palos.

Originaria de El Zapote de La Noria, la mujer de 71 años recuerda su salida del pueblo, hace seis años: “Ya se oía ruido de lo que estaba pasando, yo le decía a mi hija: ‘Ten los papeles listos, mija’, pero como yo me vine al doctor, en la tarde pasó eso (el asesinato); a la hora de la hora, ya no acata uno, oiga, con miedo a que vayan a regresar, salimos con los papeles, lo demás se quedó allá”.

Acompañada de su esposo y sus cinco hijos, tres mujeres y dos varones, llegaron a Mazatlán. Nunca se imaginó que aquí vivirían otro infierno lleno de pruebas y luchas, de necesidad, enfermedad, muerte, y sobre todo de tanta carencia, como la que padecen cientos de familias desplazadas por la violencia de la zona serrana y que residen refugiadas en colonias marginadas y asentamientos irregulares del puerto.

Apolonia aprovechó uno de los viajes que el gobierno hizo para traerse lo que más pudo de sus pertenencias, de ahí que señale que el gobierno la tiró en la calle, sin casa ni terreno, el cual después consiguió a duras penas, en una de las invasiones del puerto de Mazatlán; sus hijos le ayudaron a construir su casa de lámina de cartón, palos y tablas, y se hizo de los muebles y de los servicios más indispensables. Cuando creyó que la suerte le cambiaba, le vino otra desgracia.

Un connato de incendio, en junio de 2017, quemó varias viviendas en ese asentamiento, entre ellas su casa. Las autoridades dijeron que la causa del siniestro fue que se quemó un colchón arrumbado, a ella le queda la duda: “Para mí que fue intencional, para dañarnos a todos”.

Es la única ocasión, en que Apolonia dice haber recibido tanto apoyo por parte de instituciones como el DIF y la Cruz Roja, ya que le dieron despensas, colchones y una cama para reiniciar de nuevo, y en ese proceso estaba, cuando los médicos le diagnosticaron un tumor en la cabeza que requería de una operación urgente.

Fue sometida a una cirugía, apoyada por el DIF, y ahora se recupera poco a poco, y en la medida que lo hace reconstruye de nuevo su casa. A dos años de la tragedia, sigue tapando huecos en el techo de su vivienda.

Aquí sólo tiene un terreno en posesión de 8 metros por 16 de largo, paga 40 pesos mensuales por el agua, la luz les llega por una toma colectiva, aunque sólo tiene dos focos, uno en el porche que sirve de comedor y cocina, y otro más en el cuarto donde está su cama, actualmente no tiene abanicos; por las noches, hay que lidiar con los mosquitos que se empecinan en no dejarlos dormir, y que espanta con la sábana. Lo peor es el calor que les llegó de repente, y que amenaza con aumentar con la canícula, que se resiente desde el 24 de julio hasta el 2 de septiembre.

Asegura que desde el siniestro en el que se le quemó su casa, han sido pocos los apoyos que les han llegado como familia desplazada por la violencia.

“Ya no nos han dado apoyo, ahorita acaban de arreglar mi casita de puros pedacitos, no tuve ni pa la lámina, quedaron de traerme del DIF y no me trajeron nada, de puros pedacitos me hicieron el techo, porque no hay, poco a poquito se hizo”, dice, al tiempo que señala con el dedo el techo parapetado con 2 o 3 láminas galvanizadas, todavía negras por el humo del incendio.

Apolonia no está segura si su techo resistirá las lluvias de esta temporada, pero abriga la esperanza de poder reforzar la techumbre de su casa, ya que año tras año, le llueve sobre mojado, con tantas goteras.

Actualmente, vive con su esposo y uno de sus hijos, los demás están aparte, dos de las mujeres se dedican al servicio doméstico, mientras que los varones a veces trabajan de velador o de albañil, uno de ellos está desempleado y está buscando trabajo de taxista. Su esposo ayuda a lo largo a poner uno que otro techo en la invasión, a cambio de unos pesos.

Entre sus pesares, está la muerte de una de sus hijas que fuera atropellada aquí en Mazatlán.

Rememora con nostalgia su vida en El Zapote de La Noria:

Allá vivíamos en un terreno amplio, tenía mi casa grande, mi puerta, era un ‘terrenazo’ grande, teníamos gallinas y marranos para engordar, gallinas tenía muchas porque allá uno acostumbraba a sembrar maíz, no sufría, nada deseaba allá, ni hacía calor, allá estaban los ríos, los arroyos, pescados, camarones, y vino uno aquí a sufrir, los camarones ahora ni los conocemos. Allá no pagábamos por el agua, aquí es agua y luz y hasta para tomar agua, paga uno.

Refiere que su enfermedad vino a dar al traste con todo, pues ahora ya no puede ni ir a donde dan las despensas, y agrega que desde su convalecencia sólo ha recibido dos despensas.

“Me apuntaron en la lista, pero no me invitan a las juntas ni cuándo van a dar apoyos, las cobijas o estufas, a mí no me invitaron, y soy de las primeras, porque nos vinimos nosotros y se quedó todo el rancho lleno, ya al último se salió la demás gente, pero nosotros fuimos los primeros, cuando sacaron el muerto, salimos con ellos, con el gobierno”, apuntó.

FUERON DESALOJADOS

Eleuteria “N” tiene 42 años de edad, es procedente de La Guayanera, Concordia; ella, su esposo, dos hijos y una hija con dos niños, salieron de su pueblo por temor a la violencia, en agosto de 2016.

Al igual que las más de 400 familias de desplazados que viven en Mazatlán, llegaron buscando un lugar dónde vivir, pero al no encontrar, decidieron sumarse a una de las invasiones, en terrenos marginados del puerto, sin luz ni agua, a sufrir el calor.

“Duramos allá como un año y medio, nos desalojaron en agosto del año pasado, nos reubicaron aquí donde no había nada, sólo el terreno, a pleno sol y que nos llovió dos veces, nomás sufriendo, a éste –señala a uno de los nietos- le caían los chorros de agua en la noche y era una grita”, comenta al tiempo que ríe.

Ante la adversidad, y con mucho esfuerzo, puso un changarro tipo abarrote en su terreno, con lo cual han podido salir adelante en los últimos meses, su esposo trabajó primero vendiendo garrafones con agua, y ahora sale a trabajar al campo.

Dice que todavía no se acostumbra al espacio reducido de los terrenos, pero poco a poco se van adaptando.

“Allá (los terrenos) eran muy grandes, casas grandes como en todos los ranchos, casas de adobe, tenía dos cuartos y la cocina, grandes, aquí tengo un solo cuarto y la cocina la tengo afuera (ríe, al mostrar el tejabán de lámina) … allá nos dedicábamos a la siembra, tenía mis gallinas, unas 40 y de 3 a 8 puercos, sembraba maíz, frijol, aquí nada de eso”.

Comenta que desde diciembre sólo ha recibido un abanico de plástico como apoyo de parte de la autoridad, y se enteró que a otros les habían dado estufas, pero a ella no y tampoco a muchos otros desplazados que conoce, sólo a unos cuantos.

Eleuteria confirmó estar en la lista de los desplazados e ir a las reuniones.

Ayer tuvimos una reunión y nos dicen lo mismo de todo el tiempo, que sí nos van a ayudar, pero no dicen cuándo, todo lo mismo.

A la pregunta de si volverían a su lugar de

origen, respondió: “No, ya no regresamos, aquí nos quedamos mejor en el calor… la cosa está igual por allá, mucha gente que se ha regresado los han matado allá, sí es mejor aquí”.


LES PIDEN LA CASA DE UN DÍA PARA OTRO

José Alfredo “N” es oriundo de Charcas, Concordia, tiene 51 años, en agosto próximo cumplirá dos años en Mazatlán, adonde llegó junto con las familias de sus tres hermanos.

Ahora vive con su mamá y una sobrina que tuvo que emigrar también hace menos de un año con sus dos hijos, ya que le mataron a su esposo en Pánuco, Concordia, donde vivía.

Señala que la vida no ha sido nada fácil desde que salieron de su hogar, pues han tenido que soportar el desalojo en dos ocasiones; la primera de una invasión donde ya tenía una casa edificada, y la segunda de una casa prestada, que se la pidieron de la noche a la mañana.

Trabajó un año y 5 meses para una empresa constructora operando una máquina retroexcavadora, pero al pedir sus vacaciones, los patrones se enojaron y lo despidieron.

Tiene ocho días sin trabajar; en un intento desesperado por recuperar lo perdido, viajó recientemente al pueblo de donde es oriundo, pero regresó desilusionado.

Platica que en el rancho todo está enmontado y abandonado, que la inseguridad en la zona serrana se mantiene y que requeriría de un gran esfuerzo por levantar todo de nuevo.

Así que decide mejor continuar aquí, sufriendo los calores y las inclemencias del clima, que regresar a Charcas, donde el peligro todavía acecha.

El terreno en el que ahora vive estaba desnivelado y con pozos, tuvo que conseguir un camión de balastre para emparejar, pues el dueño de la casa donde residía le dijo que la ocupaba para ese fin de semana.


Estuvimos ahí como tres meses, nos sacó de la nada, así nomás, de hoy a mañana quería la casa; mi sobrino y unos amigos me ayudaron, el sábado nos pusimos a emparejar porque aquí había un pozo, compré un carro de balastre y emparejamos, en un domingo hicimos la casa; de esa manera nos hicimos aquí, si no, quién sabe cómo nos hubiera ido ese día, porque el amigo quería la casa para mañana para venirse a vivir y ahí está la casa sola, nomás para hacernos la maldad.

José

José logró traerse todas sus pertenencias desde un primer momento, algunas en su camioneta y otras en un camión de volteo que ofreció el Ayuntamiento de Concordia, las cuales tiene amontonadas en un cuarto, donde duermen todos.

Recuerda que, en su pueblo, el terreno donde tiene su casa es de aproximadamente una hectárea, sin contar la parcela suya, de ocho hectáreas, donde sembraba maíz.

“En la casa sembraba frijol, gallinas no tenía, porque era frijol o gallinas; nosotros llegamos a tener unos 13 puercos y dos burros, ahora no tengo ni madres, esos se perdieron, los puercos se quedaron ahí, nomás alcanzamos a matar dos antes de venirnos”, comenta.

Para José Alfredo, el panorama que pinta para las familias desplazadas sigue siendo gris, y más para él que se quedó sin empleo.

“El gobierno, pos no hace nada, no nos ayuda, ni siquiera con mandado, nada; cuando uno está trabajando, pues está bien, pero sin trabajo está difícil, ahorita en estos momentos estoy batallando”.

Lo que lo anima es que cuando menos tiene un lugar dónde dormir y cubrirse del sol y de la lluvia.

“Por algo pasan las cosas, y ya por lo pronto, no nos han sacado de aquí, no nos han sacado de nuevo, aquí estamos, eso es lo bueno”, concluye al tiempo que le da un sorbo a su café matutino, en espera de que salgan los frijoles que tienen una hora en la hornilla, para desayunar.


LUGARES DE ORIGEN DE DESPLAZADOS

La Petaca

Chirimoyos

Santa Lucía

Pánuco

Charcas

El Zapote

La Noria

La Guayanera

La Rastra

Matatán

Santa María

Entre otras


COLONIAS COMO REFUGIO

Santa Fe

Francisco Villa

Urbi Villas

Santa Teresa

San Fernando

Villas del Sol

Canaco Servytur


CIFRAS

460 familias de desplazados por la violencia en la zona serrana viven en Mazatlán, según el Movimiento Amplio Social Sinaloense.

800 familias desplazadas con 4 personas en promedio incluyen hasta el momento el censo del gobierno estatal, que realiza la Secretaría de Desarrollo Social de Sinaloa.

3,500 viviendas se requieren para atender la demanda de familias desplazadas en el municipio de Mazatlán, con datos de la Dirección de Vivienda y Tenencia de la Tierra.

30 millones de pesos autorizó el Congreso del Estado este año para atender las demandas de las familias de desplazados por la violencia en Sinaloa.

400 estufas y apoyo para 50 proyectos productivos, además de una despensa mensual y viviendas, es la demanda que hace el MAAS para familias desplazadas.




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Mazatlán, Sin.- “Cuando caí aquí, caí en raso, el gobierno nos tiró ahí nomás, en la calle, sin casa, soy de las primeras que llegaron; mataron a un yerno mío y nos sacaron del pueblo, nos vinimos con el gobierno porque nos dio miedo, dejamos todo, nomás me traje los papeles”, comenta Apolonia “N”, mientras guisa un huevo revuelto en la hornilla que ella misma construyó con tierra y palos.

Originaria de El Zapote de La Noria, la mujer de 71 años recuerda su salida del pueblo, hace seis años: “Ya se oía ruido de lo que estaba pasando, yo le decía a mi hija: ‘Ten los papeles listos, mija’, pero como yo me vine al doctor, en la tarde pasó eso (el asesinato); a la hora de la hora, ya no acata uno, oiga, con miedo a que vayan a regresar, salimos con los papeles, lo demás se quedó allá”.

Acompañada de su esposo y sus cinco hijos, tres mujeres y dos varones, llegaron a Mazatlán. Nunca se imaginó que aquí vivirían otro infierno lleno de pruebas y luchas, de necesidad, enfermedad, muerte, y sobre todo de tanta carencia, como la que padecen cientos de familias desplazadas por la violencia de la zona serrana y que residen refugiadas en colonias marginadas y asentamientos irregulares del puerto.

Apolonia aprovechó uno de los viajes que el gobierno hizo para traerse lo que más pudo de sus pertenencias, de ahí que señale que el gobierno la tiró en la calle, sin casa ni terreno, el cual después consiguió a duras penas, en una de las invasiones del puerto de Mazatlán; sus hijos le ayudaron a construir su casa de lámina de cartón, palos y tablas, y se hizo de los muebles y de los servicios más indispensables. Cuando creyó que la suerte le cambiaba, le vino otra desgracia.

Un connato de incendio, en junio de 2017, quemó varias viviendas en ese asentamiento, entre ellas su casa. Las autoridades dijeron que la causa del siniestro fue que se quemó un colchón arrumbado, a ella le queda la duda: “Para mí que fue intencional, para dañarnos a todos”.

Es la única ocasión, en que Apolonia dice haber recibido tanto apoyo por parte de instituciones como el DIF y la Cruz Roja, ya que le dieron despensas, colchones y una cama para reiniciar de nuevo, y en ese proceso estaba, cuando los médicos le diagnosticaron un tumor en la cabeza que requería de una operación urgente.

Fue sometida a una cirugía, apoyada por el DIF, y ahora se recupera poco a poco, y en la medida que lo hace reconstruye de nuevo su casa. A dos años de la tragedia, sigue tapando huecos en el techo de su vivienda.

Aquí sólo tiene un terreno en posesión de 8 metros por 16 de largo, paga 40 pesos mensuales por el agua, la luz les llega por una toma colectiva, aunque sólo tiene dos focos, uno en el porche que sirve de comedor y cocina, y otro más en el cuarto donde está su cama, actualmente no tiene abanicos; por las noches, hay que lidiar con los mosquitos que se empecinan en no dejarlos dormir, y que espanta con la sábana. Lo peor es el calor que les llegó de repente, y que amenaza con aumentar con la canícula, que se resiente desde el 24 de julio hasta el 2 de septiembre.

Asegura que desde el siniestro en el que se le quemó su casa, han sido pocos los apoyos que les han llegado como familia desplazada por la violencia.

“Ya no nos han dado apoyo, ahorita acaban de arreglar mi casita de puros pedacitos, no tuve ni pa la lámina, quedaron de traerme del DIF y no me trajeron nada, de puros pedacitos me hicieron el techo, porque no hay, poco a poquito se hizo”, dice, al tiempo que señala con el dedo el techo parapetado con 2 o 3 láminas galvanizadas, todavía negras por el humo del incendio.

Apolonia no está segura si su techo resistirá las lluvias de esta temporada, pero abriga la esperanza de poder reforzar la techumbre de su casa, ya que año tras año, le llueve sobre mojado, con tantas goteras.

Actualmente, vive con su esposo y uno de sus hijos, los demás están aparte, dos de las mujeres se dedican al servicio doméstico, mientras que los varones a veces trabajan de velador o de albañil, uno de ellos está desempleado y está buscando trabajo de taxista. Su esposo ayuda a lo largo a poner uno que otro techo en la invasión, a cambio de unos pesos.

Entre sus pesares, está la muerte de una de sus hijas que fuera atropellada aquí en Mazatlán.

Rememora con nostalgia su vida en El Zapote de La Noria:

Allá vivíamos en un terreno amplio, tenía mi casa grande, mi puerta, era un ‘terrenazo’ grande, teníamos gallinas y marranos para engordar, gallinas tenía muchas porque allá uno acostumbraba a sembrar maíz, no sufría, nada deseaba allá, ni hacía calor, allá estaban los ríos, los arroyos, pescados, camarones, y vino uno aquí a sufrir, los camarones ahora ni los conocemos. Allá no pagábamos por el agua, aquí es agua y luz y hasta para tomar agua, paga uno.

Refiere que su enfermedad vino a dar al traste con todo, pues ahora ya no puede ni ir a donde dan las despensas, y agrega que desde su convalecencia sólo ha recibido dos despensas.

“Me apuntaron en la lista, pero no me invitan a las juntas ni cuándo van a dar apoyos, las cobijas o estufas, a mí no me invitaron, y soy de las primeras, porque nos vinimos nosotros y se quedó todo el rancho lleno, ya al último se salió la demás gente, pero nosotros fuimos los primeros, cuando sacaron el muerto, salimos con ellos, con el gobierno”, apuntó.

FUERON DESALOJADOS

Eleuteria “N” tiene 42 años de edad, es procedente de La Guayanera, Concordia; ella, su esposo, dos hijos y una hija con dos niños, salieron de su pueblo por temor a la violencia, en agosto de 2016.

Al igual que las más de 400 familias de desplazados que viven en Mazatlán, llegaron buscando un lugar dónde vivir, pero al no encontrar, decidieron sumarse a una de las invasiones, en terrenos marginados del puerto, sin luz ni agua, a sufrir el calor.

“Duramos allá como un año y medio, nos desalojaron en agosto del año pasado, nos reubicaron aquí donde no había nada, sólo el terreno, a pleno sol y que nos llovió dos veces, nomás sufriendo, a éste –señala a uno de los nietos- le caían los chorros de agua en la noche y era una grita”, comenta al tiempo que ríe.

Ante la adversidad, y con mucho esfuerzo, puso un changarro tipo abarrote en su terreno, con lo cual han podido salir adelante en los últimos meses, su esposo trabajó primero vendiendo garrafones con agua, y ahora sale a trabajar al campo.

Dice que todavía no se acostumbra al espacio reducido de los terrenos, pero poco a poco se van adaptando.

“Allá (los terrenos) eran muy grandes, casas grandes como en todos los ranchos, casas de adobe, tenía dos cuartos y la cocina, grandes, aquí tengo un solo cuarto y la cocina la tengo afuera (ríe, al mostrar el tejabán de lámina) … allá nos dedicábamos a la siembra, tenía mis gallinas, unas 40 y de 3 a 8 puercos, sembraba maíz, frijol, aquí nada de eso”.

Comenta que desde diciembre sólo ha recibido un abanico de plástico como apoyo de parte de la autoridad, y se enteró que a otros les habían dado estufas, pero a ella no y tampoco a muchos otros desplazados que conoce, sólo a unos cuantos.

Eleuteria confirmó estar en la lista de los desplazados e ir a las reuniones.

Ayer tuvimos una reunión y nos dicen lo mismo de todo el tiempo, que sí nos van a ayudar, pero no dicen cuándo, todo lo mismo.

A la pregunta de si volverían a su lugar de

origen, respondió: “No, ya no regresamos, aquí nos quedamos mejor en el calor… la cosa está igual por allá, mucha gente que se ha regresado los han matado allá, sí es mejor aquí”.


LES PIDEN LA CASA DE UN DÍA PARA OTRO

José Alfredo “N” es oriundo de Charcas, Concordia, tiene 51 años, en agosto próximo cumplirá dos años en Mazatlán, adonde llegó junto con las familias de sus tres hermanos.

Ahora vive con su mamá y una sobrina que tuvo que emigrar también hace menos de un año con sus dos hijos, ya que le mataron a su esposo en Pánuco, Concordia, donde vivía.

Señala que la vida no ha sido nada fácil desde que salieron de su hogar, pues han tenido que soportar el desalojo en dos ocasiones; la primera de una invasión donde ya tenía una casa edificada, y la segunda de una casa prestada, que se la pidieron de la noche a la mañana.

Trabajó un año y 5 meses para una empresa constructora operando una máquina retroexcavadora, pero al pedir sus vacaciones, los patrones se enojaron y lo despidieron.

Tiene ocho días sin trabajar; en un intento desesperado por recuperar lo perdido, viajó recientemente al pueblo de donde es oriundo, pero regresó desilusionado.

Platica que en el rancho todo está enmontado y abandonado, que la inseguridad en la zona serrana se mantiene y que requeriría de un gran esfuerzo por levantar todo de nuevo.

Así que decide mejor continuar aquí, sufriendo los calores y las inclemencias del clima, que regresar a Charcas, donde el peligro todavía acecha.

El terreno en el que ahora vive estaba desnivelado y con pozos, tuvo que conseguir un camión de balastre para emparejar, pues el dueño de la casa donde residía le dijo que la ocupaba para ese fin de semana.


Estuvimos ahí como tres meses, nos sacó de la nada, así nomás, de hoy a mañana quería la casa; mi sobrino y unos amigos me ayudaron, el sábado nos pusimos a emparejar porque aquí había un pozo, compré un carro de balastre y emparejamos, en un domingo hicimos la casa; de esa manera nos hicimos aquí, si no, quién sabe cómo nos hubiera ido ese día, porque el amigo quería la casa para mañana para venirse a vivir y ahí está la casa sola, nomás para hacernos la maldad.

José

José logró traerse todas sus pertenencias desde un primer momento, algunas en su camioneta y otras en un camión de volteo que ofreció el Ayuntamiento de Concordia, las cuales tiene amontonadas en un cuarto, donde duermen todos.

Recuerda que, en su pueblo, el terreno donde tiene su casa es de aproximadamente una hectárea, sin contar la parcela suya, de ocho hectáreas, donde sembraba maíz.

“En la casa sembraba frijol, gallinas no tenía, porque era frijol o gallinas; nosotros llegamos a tener unos 13 puercos y dos burros, ahora no tengo ni madres, esos se perdieron, los puercos se quedaron ahí, nomás alcanzamos a matar dos antes de venirnos”, comenta.

Para José Alfredo, el panorama que pinta para las familias desplazadas sigue siendo gris, y más para él que se quedó sin empleo.

“El gobierno, pos no hace nada, no nos ayuda, ni siquiera con mandado, nada; cuando uno está trabajando, pues está bien, pero sin trabajo está difícil, ahorita en estos momentos estoy batallando”.

Lo que lo anima es que cuando menos tiene un lugar dónde dormir y cubrirse del sol y de la lluvia.

“Por algo pasan las cosas, y ya por lo pronto, no nos han sacado de aquí, no nos han sacado de nuevo, aquí estamos, eso es lo bueno”, concluye al tiempo que le da un sorbo a su café matutino, en espera de que salgan los frijoles que tienen una hora en la hornilla, para desayunar.


LUGARES DE ORIGEN DE DESPLAZADOS

La Petaca

Chirimoyos

Santa Lucía

Pánuco

Charcas

El Zapote

La Noria

La Guayanera

La Rastra

Matatán

Santa María

Entre otras


COLONIAS COMO REFUGIO

Santa Fe

Francisco Villa

Urbi Villas

Santa Teresa

San Fernando

Villas del Sol

Canaco Servytur


CIFRAS

460 familias de desplazados por la violencia en la zona serrana viven en Mazatlán, según el Movimiento Amplio Social Sinaloense.

800 familias desplazadas con 4 personas en promedio incluyen hasta el momento el censo del gobierno estatal, que realiza la Secretaría de Desarrollo Social de Sinaloa.

3,500 viviendas se requieren para atender la demanda de familias desplazadas en el municipio de Mazatlán, con datos de la Dirección de Vivienda y Tenencia de la Tierra.

30 millones de pesos autorizó el Congreso del Estado este año para atender las demandas de las familias de desplazados por la violencia en Sinaloa.

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