/ lunes 14 de octubre de 2019

José José… El canto del árbol.

Murió el reconocido intérprete de la música romántica José Sosa, mejor conocido dentro del mundo del espectáculo, como JOSÉ JOSÉ.

Su muerte me recuerda a un viejo árbol que creció sin cuidado alguno en el patio de la vieja casa de mis abuelos.

Era un árbol grande, que a los miembros de la familia nos ofreció por muchas décadas no solo su sombra, sino también el favor de la algarabía de los pajarillos que por cientos acudían en las mañanas a endulzarnos los amaneceres con sus cantos. “Es un árbol que canta”, pensé en alguna ocasión.

Todos escuchábamos ese ritual de la música campirana que las aves suelen promover en su entorno, aunque, vale decir, que en el mayor de los casos sin tomar en cuenta y mucho menos valorar en su real dimensión lo que la naturaleza nos regalaba en esas manifestaciones de vida y de sana espiritualidad, a través de tan celestiales animalillos.

José José el cantante mexicano, según cuentan las crónicas, llegó a la vida en un entorno de pobreza económica y sin más herramientas que las virtudes que Dios le regaló. Lo mismo que mi árbol.

Nació y creció en un entorno donde los bohemios suelen renegar a través de sus cantos de los que muchos tienen, y regodearse cantándole a la pobreza, en lo que pudiera considerarse actos de auto consolación, pero que calan hondo en el sentimiento del pueblo.

“Es mi orgullo haber nacido en el barrio más humilde, alejado del bullicio y de la falsa sociedad”, reza parte del estribillo de una conocida canción mexicana, lo que forma pues, parte de la esencia del folklor mexicano.

Y ahí, en uno de esos barrios pobres que por millones podremos encontrar en el suelo mexicano, nació y creció José José.

De uno de esos rincones de la patria mexicana, surgió entonces ese hombre, considerado uno de los mejores intérpretes que ha parido nuestro querido México.

Igual que lo hiciera el viejo árbol de mi relato… Creció y figuró por la gracia de un Dios que solo les entregó a cada cual su herramienta indispensable para destacar en la vida

Al árbol la tierra fértil y un entorno adecuado para que floreciera, y al hombre una voz privilegiada para que con ella encarara los retos de la vida.

Hoy ambos han muerto. Han dejado de existir, sin embargo, creo que árbol y artista, finalmente cumplieron su cometido existencial.

Y es que, el viejo árbol, no obstante su grandeza, un día se secó y por gracia y voluntad de los moradores de la casa, fue convertido en leña, la cual sirvió de pasto para las hornillas convirtiéndose en simples puñados de ceniza que finalmente el viento arrastró hacia el infinito.

El artista, cumplió igualmente con su ciclo de vida, y de la misma manera que el viejo árbol, por gracia y voluntad de quienes lo rodearon, ha sido convertido en una especie de leña donde aún arde la codicia, el desamor, el protagonismo y el insulto al legado que el artista nos dejó.

Porque la verdad por dolorosa no deja de ser cierta. Las cenizas del “Príncipe de la canción” sobreviven en el vaivén de una disputa estéril que solo alcanza a lastimar el recuerdo de aquella voz magistral.

Hoy, las cenizas de árbol y hombre han sido arrastradas por el viento, dejando atrás sus respectivas huellas de su tránsito por la vida.

Huellas de una voz talentosa y prodigiosa que al igual que las avecillas de nuestro patio, vino al mundo para brindarnos momentos de alegría y paz espiritual a través de sus manifestaciones musicales… Así es la vida.

Murió el reconocido intérprete de la música romántica José Sosa, mejor conocido dentro del mundo del espectáculo, como JOSÉ JOSÉ.

Su muerte me recuerda a un viejo árbol que creció sin cuidado alguno en el patio de la vieja casa de mis abuelos.

Era un árbol grande, que a los miembros de la familia nos ofreció por muchas décadas no solo su sombra, sino también el favor de la algarabía de los pajarillos que por cientos acudían en las mañanas a endulzarnos los amaneceres con sus cantos. “Es un árbol que canta”, pensé en alguna ocasión.

Todos escuchábamos ese ritual de la música campirana que las aves suelen promover en su entorno, aunque, vale decir, que en el mayor de los casos sin tomar en cuenta y mucho menos valorar en su real dimensión lo que la naturaleza nos regalaba en esas manifestaciones de vida y de sana espiritualidad, a través de tan celestiales animalillos.

José José el cantante mexicano, según cuentan las crónicas, llegó a la vida en un entorno de pobreza económica y sin más herramientas que las virtudes que Dios le regaló. Lo mismo que mi árbol.

Nació y creció en un entorno donde los bohemios suelen renegar a través de sus cantos de los que muchos tienen, y regodearse cantándole a la pobreza, en lo que pudiera considerarse actos de auto consolación, pero que calan hondo en el sentimiento del pueblo.

“Es mi orgullo haber nacido en el barrio más humilde, alejado del bullicio y de la falsa sociedad”, reza parte del estribillo de una conocida canción mexicana, lo que forma pues, parte de la esencia del folklor mexicano.

Y ahí, en uno de esos barrios pobres que por millones podremos encontrar en el suelo mexicano, nació y creció José José.

De uno de esos rincones de la patria mexicana, surgió entonces ese hombre, considerado uno de los mejores intérpretes que ha parido nuestro querido México.

Igual que lo hiciera el viejo árbol de mi relato… Creció y figuró por la gracia de un Dios que solo les entregó a cada cual su herramienta indispensable para destacar en la vida

Al árbol la tierra fértil y un entorno adecuado para que floreciera, y al hombre una voz privilegiada para que con ella encarara los retos de la vida.

Hoy ambos han muerto. Han dejado de existir, sin embargo, creo que árbol y artista, finalmente cumplieron su cometido existencial.

Y es que, el viejo árbol, no obstante su grandeza, un día se secó y por gracia y voluntad de los moradores de la casa, fue convertido en leña, la cual sirvió de pasto para las hornillas convirtiéndose en simples puñados de ceniza que finalmente el viento arrastró hacia el infinito.

El artista, cumplió igualmente con su ciclo de vida, y de la misma manera que el viejo árbol, por gracia y voluntad de quienes lo rodearon, ha sido convertido en una especie de leña donde aún arde la codicia, el desamor, el protagonismo y el insulto al legado que el artista nos dejó.

Porque la verdad por dolorosa no deja de ser cierta. Las cenizas del “Príncipe de la canción” sobreviven en el vaivén de una disputa estéril que solo alcanza a lastimar el recuerdo de aquella voz magistral.

Hoy, las cenizas de árbol y hombre han sido arrastradas por el viento, dejando atrás sus respectivas huellas de su tránsito por la vida.

Huellas de una voz talentosa y prodigiosa que al igual que las avecillas de nuestro patio, vino al mundo para brindarnos momentos de alegría y paz espiritual a través de sus manifestaciones musicales… Así es la vida.

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